domingo, 29 de julio de 2018

ASI ERA EL TRAPECIO AMAZÓNICO


ASI ERA EL TRAPECIO AMAZÓNICO


¡Q
ué ironía de la vida! La presunción de no conocer el Perú profundo me infundía vergüenza pretender conocer el extranjero sin haber recorrido, mi propia patria; esto fue lo que me llevó hasta las mismas márgenes fronterizas de Colombia y Brasil.

Cabe indicar que, de Iquitos me trasladé a Ramón Castilla, último baluarte peruano que mira frente a Leticia. Allí según narradores lugareños, en un día no precisado del mes de agosto de 1930 se erigió una choza con material extraído de nuestra selva para que sirviera de puesto de vigilancia de la Aduana. Quien dirigía los trabajos era don Edmundo Hoyos Reátegui, reconocido posteriormente como el pionero de avanzada en nuestra zona fronteriza con Brasil. Así empezó a poblarse Ramón Castilla, cuyo  nombre le fue dado por don Pedro Vigo, reputado funcionario que oficializó su fundación en 1951.

Como se sabe, los historiadores que escribieron sin haber llegado a este lugar, han incurrido en serias contradicciones. Yo traté el asunto cara a cara con Edmundo Hoyos. La agreste situación geográfica, desfavorecida por los sucesivos desbordes y violentas inundaciones del río Amazonas, han mantenido a los pobladores, en perenne expectativa para reubicarse, pues un poco más de 500 metros de tierra viviente había absorbido el río en el curso de 30 años. Como hito de lo que fue la población, aún se distinguía una isla al poner la mirada sobre Leticia, ciudad que se yergue al otro lado del Amazonas.

Sin duda, me daba la impresión de que el Perú de alguna manera ha pretendido reconfortarse en ese lugar, y era así que se podía observar aún rastros de lo que fueran las instalaciones de la Petrolera Fiscal.

Lo cierto es que, la población de Ramón Castilla estaba conformada por apenas 23 casa, de las cuales algunas estaban techadas con planchas de calamina, siendo las restantes de hoja de palmera (crisnejas). Estaba incluida la casa de la Posta sanitaria, Puesto de la Guardia Civil, Aduana, Escuela y Estación de Radios.

Lamentablemente, a todos estos servicios funcionaban pero con múltiples deficiencias, como por ejemplo en lo relacionado al Director de la Escuela Mixta que llevaba el Nº 1676, que era un joven neófito que recientemente había hecho su egreso del Politécnico “Julio C. Arana” de Iquitos y que se aprestaba a viajar a la capital loretana precisamente en los momentos de Fiestas Patrias, cuando es sabido que, para esa fecha, las autoridades de Tabatinga y Leticia, o sea Brasil y Colombia presentarían sus saludos a los peruanos residentes en Ramón Castilla y se entiende que nadie más representativo que el propio Director de la Escuela para retribuir los homenajes.

Precisamente, el caserío de Ramón Castilla tenía como capital a Caballococha de cuyo seno han salido peruanos que ofrendaron sus vidas en el conflicto con Colombia.

Es por ello que, me costó trabajo comprender la razón de la indiferencia imperante en ese lugar. Apenas hacía un año que el gobierno central había hecho entrega de un grupo electrógeno para que alumbrara a la población y desde entonces permanecía arrinconado por falta de alambres y otros pueriles implementos.

 Era como que se cumpliera la sentencia bíblica que dice ”El pueblo pereció, por falta de visión”.
Lo cierto es que, pude constatar en la llamada Posta Sanitaria que desde hacía medio año no recibía la dotación de medicamentos. El sanitario permanecía allí solo por figuración, siendo una carga inútil para el fisco. Nuestros compatriotas enfermos eran llevados a Leticia y los muertos peruanos enterrados en suelo extranjero, porque simplemente no había cementerio en nuestro territorio; el más cercano estaba en Caballococha que dista muchas horas en canoa y además había que vencer confusos y burocráticos trámites.

La totalidad de funcionarios de ese lugar se distinguían por ser obesos. Diariamente frecuentaban Leticia en deslizadores del Estado. Es decir, que la mayor parte del tiempo por el que el gobierno peruano les pagaba, lo pasaban en procura de placeres en tierra extranjera.

Es así que, paradójicamente encontré al ciudadano Edmundo Hoyos Reátegui, legítimo fundador de Ramón Castilla, esmerándose en aprovechar las pequeñas restingas para sembrar los productos que diariamente se servían en la mesa. En Ramón Castilla hasta se olvidaban de izar la Bandera peruana, en tanto que Brasil y Colombia diariamente rendían homenaje al símbolo patrio y por las diferencias que pude ver parecía que hasta Dios los ayudaba.

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