ASI ERA EL TRAPECIO
AMAZÓNICO
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ué ironía de la vida! La presunción de no conocer el Perú
profundo me infundía vergüenza pretender conocer el extranjero sin haber
recorrido, mi propia patria; esto fue lo que me llevó hasta las mismas márgenes
fronterizas de Colombia y Brasil.
Cabe indicar que, de Iquitos me trasladé
a Ramón Castilla, último baluarte peruano que mira frente a Leticia. Allí según
narradores lugareños, en un día no precisado del mes de agosto de 1930 se
erigió una choza con material extraído de nuestra selva para que sirviera de
puesto de vigilancia de la
Aduana. Quien dirigía los trabajos era don Edmundo Hoyos
Reátegui, reconocido posteriormente como el pionero de avanzada en nuestra zona
fronteriza con Brasil. Así empezó a poblarse Ramón Castilla, cuyo nombre le fue dado por don Pedro Vigo,
reputado funcionario que oficializó su fundación en 1951.
Como se sabe, los historiadores que
escribieron sin haber llegado a este lugar, han incurrido en serias
contradicciones. Yo traté el asunto cara a cara con Edmundo Hoyos. La agreste
situación geográfica, desfavorecida por los sucesivos desbordes y violentas
inundaciones del río Amazonas, han mantenido a los pobladores, en perenne
expectativa para reubicarse, pues un poco más de 500 metros de tierra
viviente había absorbido el río en el curso de 30 años. Como hito de lo que fue
la población, aún se distinguía una isla al poner la mirada sobre Leticia,
ciudad que se yergue al otro lado del Amazonas.
Sin duda, me daba la impresión de que el
Perú de alguna manera ha pretendido reconfortarse en ese lugar, y era así que
se podía observar aún rastros de lo que fueran las instalaciones de la
Petrolera Fiscal.
Lo cierto es que, la población de Ramón
Castilla estaba conformada por apenas 23 casa, de las cuales algunas estaban
techadas con planchas de calamina, siendo las restantes de hoja de palmera
(crisnejas). Estaba incluida la casa de la Posta sanitaria, Puesto de la Guardia Civil ,
Aduana, Escuela y Estación de Radios.
Lamentablemente, a todos estos servicios
funcionaban pero con múltiples deficiencias, como por ejemplo en lo relacionado
al Director de la
Escuela Mixta que llevaba el Nº 1676, que era un joven
neófito que recientemente había hecho su egreso del Politécnico “Julio C.
Arana” de Iquitos y que se aprestaba a viajar a la capital loretana
precisamente en los momentos de Fiestas Patrias, cuando es sabido que, para esa
fecha, las autoridades de Tabatinga y Leticia, o sea Brasil y Colombia
presentarían sus saludos a los peruanos residentes en Ramón Castilla y se
entiende que nadie más representativo que el propio Director de la Escuela para retribuir los
homenajes.
Precisamente, el caserío de Ramón
Castilla tenía como capital a Caballococha de cuyo seno han salido peruanos que
ofrendaron sus vidas en el conflicto con Colombia.
Es por ello que, me costó trabajo
comprender la razón de la indiferencia imperante en ese lugar. Apenas hacía un
año que el gobierno central había hecho entrega de un grupo electrógeno para
que alumbrara a la población y desde entonces permanecía arrinconado por falta
de alambres y otros pueriles implementos.
Era como que se cumpliera la sentencia bíblica
que dice ”El pueblo pereció, por falta de visión”.
Lo cierto es que, pude constatar en la
llamada Posta Sanitaria que desde hacía medio año no recibía la dotación de
medicamentos. El sanitario permanecía allí solo por figuración, siendo una
carga inútil para el fisco. Nuestros compatriotas enfermos eran llevados a
Leticia y los muertos peruanos enterrados en suelo extranjero, porque
simplemente no había cementerio en nuestro territorio; el más cercano estaba en
Caballococha que dista muchas horas en canoa y además había que vencer confusos
y burocráticos trámites.
La totalidad de funcionarios de ese lugar
se distinguían por ser obesos. Diariamente frecuentaban Leticia en deslizadores
del Estado. Es decir, que la mayor parte del tiempo por el que el gobierno
peruano les pagaba, lo pasaban en procura de placeres en tierra extranjera.
Es así que, paradójicamente encontré al
ciudadano Edmundo Hoyos Reátegui, legítimo fundador de Ramón Castilla,
esmerándose en aprovechar las pequeñas restingas para sembrar los productos que
diariamente se servían en la mesa. En Ramón Castilla hasta se olvidaban de izar
la Bandera
peruana, en tanto que Brasil y Colombia diariamente rendían homenaje al símbolo
patrio y por las diferencias que pude ver parecía que hasta Dios los ayudaba.