domingo, 29 de julio de 2018

ASI ERA EL TRAPECIO AMAZÓNICO


ASI ERA EL TRAPECIO AMAZÓNICO


¡Q
ué ironía de la vida! La presunción de no conocer el Perú profundo me infundía vergüenza pretender conocer el extranjero sin haber recorrido, mi propia patria; esto fue lo que me llevó hasta las mismas márgenes fronterizas de Colombia y Brasil.

Cabe indicar que, de Iquitos me trasladé a Ramón Castilla, último baluarte peruano que mira frente a Leticia. Allí según narradores lugareños, en un día no precisado del mes de agosto de 1930 se erigió una choza con material extraído de nuestra selva para que sirviera de puesto de vigilancia de la Aduana. Quien dirigía los trabajos era don Edmundo Hoyos Reátegui, reconocido posteriormente como el pionero de avanzada en nuestra zona fronteriza con Brasil. Así empezó a poblarse Ramón Castilla, cuyo  nombre le fue dado por don Pedro Vigo, reputado funcionario que oficializó su fundación en 1951.

Como se sabe, los historiadores que escribieron sin haber llegado a este lugar, han incurrido en serias contradicciones. Yo traté el asunto cara a cara con Edmundo Hoyos. La agreste situación geográfica, desfavorecida por los sucesivos desbordes y violentas inundaciones del río Amazonas, han mantenido a los pobladores, en perenne expectativa para reubicarse, pues un poco más de 500 metros de tierra viviente había absorbido el río en el curso de 30 años. Como hito de lo que fue la población, aún se distinguía una isla al poner la mirada sobre Leticia, ciudad que se yergue al otro lado del Amazonas.

Sin duda, me daba la impresión de que el Perú de alguna manera ha pretendido reconfortarse en ese lugar, y era así que se podía observar aún rastros de lo que fueran las instalaciones de la Petrolera Fiscal.

Lo cierto es que, la población de Ramón Castilla estaba conformada por apenas 23 casa, de las cuales algunas estaban techadas con planchas de calamina, siendo las restantes de hoja de palmera (crisnejas). Estaba incluida la casa de la Posta sanitaria, Puesto de la Guardia Civil, Aduana, Escuela y Estación de Radios.

Lamentablemente, a todos estos servicios funcionaban pero con múltiples deficiencias, como por ejemplo en lo relacionado al Director de la Escuela Mixta que llevaba el Nº 1676, que era un joven neófito que recientemente había hecho su egreso del Politécnico “Julio C. Arana” de Iquitos y que se aprestaba a viajar a la capital loretana precisamente en los momentos de Fiestas Patrias, cuando es sabido que, para esa fecha, las autoridades de Tabatinga y Leticia, o sea Brasil y Colombia presentarían sus saludos a los peruanos residentes en Ramón Castilla y se entiende que nadie más representativo que el propio Director de la Escuela para retribuir los homenajes.

Precisamente, el caserío de Ramón Castilla tenía como capital a Caballococha de cuyo seno han salido peruanos que ofrendaron sus vidas en el conflicto con Colombia.

Es por ello que, me costó trabajo comprender la razón de la indiferencia imperante en ese lugar. Apenas hacía un año que el gobierno central había hecho entrega de un grupo electrógeno para que alumbrara a la población y desde entonces permanecía arrinconado por falta de alambres y otros pueriles implementos.

 Era como que se cumpliera la sentencia bíblica que dice ”El pueblo pereció, por falta de visión”.
Lo cierto es que, pude constatar en la llamada Posta Sanitaria que desde hacía medio año no recibía la dotación de medicamentos. El sanitario permanecía allí solo por figuración, siendo una carga inútil para el fisco. Nuestros compatriotas enfermos eran llevados a Leticia y los muertos peruanos enterrados en suelo extranjero, porque simplemente no había cementerio en nuestro territorio; el más cercano estaba en Caballococha que dista muchas horas en canoa y además había que vencer confusos y burocráticos trámites.

La totalidad de funcionarios de ese lugar se distinguían por ser obesos. Diariamente frecuentaban Leticia en deslizadores del Estado. Es decir, que la mayor parte del tiempo por el que el gobierno peruano les pagaba, lo pasaban en procura de placeres en tierra extranjera.

Es así que, paradójicamente encontré al ciudadano Edmundo Hoyos Reátegui, legítimo fundador de Ramón Castilla, esmerándose en aprovechar las pequeñas restingas para sembrar los productos que diariamente se servían en la mesa. En Ramón Castilla hasta se olvidaban de izar la Bandera peruana, en tanto que Brasil y Colombia diariamente rendían homenaje al símbolo patrio y por las diferencias que pude ver parecía que hasta Dios los ayudaba.

EL SUICIDIO DEL ALCALDE LORETANO


EL SUICIDIO DEL ALCALDE LORETANO


¡Q
ué lamentable tragedia! Los indicios y la presunción de una muerte anunciada  ocurrió, al  tercer día de mi audaz reportaje, Iquitos fue conmocionado por la muerte del Ing. Luis Arana Zumaeta; se había quitado la vida con   sus propias manos.

Subliminalmente, burlando el cerco policial, penetre al mismo lugar de los hechos. Allí estaba el cuerpo inerte del burgomaestre, aplastado sobre su escritorio y con el rostro desfigurado por los estragos del profundo dolor y efecto contundente del disparo. El Juez Instructor aún no llegaba para disponer el levantamiento del cadáver, precisamente del lugar donde hacia apenas 40 horas, yo lo había entrevistado. Quedó probado fehacientemente que el gobierno edilicio del Ing. Arana Zumaeta cometió el delito de malversación. El hecho fue que varias obras públicas se habían paralizado intempestivamente por la carencia de cemento de fabricación nacional, y como él era distribuidor en Iquitos de ese producto pero de procedencia venezolana, entonces en calidad de alcalde, asumió la total responsabilidad de hacer entrega de los almacenes de su propiedad, todo el lote requerido de este material, desde luego en calidad de “préstamo”.

Por lo tanto, las obras públicas fueron avanzadas a la par que se despertaban sospechas y circulaban rumores mal interpretados y por supuesto cargos acusadores contra el alcalde.

En el último adiós, lo acompañaron más de tres mil personas, de toda condición social y política participaron en los funerales del extinto hombre público cuyos restos fueron paseados por el contorno de la plaza de armas, para luego proseguir por el jirón Lima con dirección al cementerio general. El féretro partió a las dos de la tarde y llegó al campo santo a eso de las cinco.

Precisamente, en ese recinto, que acoge a todos sin excepción, se pronunciaron sendas oraciones fúnebres y frases conminatorias contra los autores intelectuales de ese trágico desenlace. Allí dijeron que el Ing. Luis Arana Zumaeta, había sido un hombre honrado, justo, generoso y ejemplar. Además hicieron reseña biográfica de los Arana, “a quienes había que imitar por su acendrado patriotismo y celo regionalista”.

Es así que, a partir de entonces, los radioperiódicos se silenciaron y los apócrifos pasquines dejaron de circular.

Entretanto, la Corte Superior archivó el expediente que le habían formulado determinados políticos al gobierno local por el delito de “malversación”.

En consecuencia, Iquitos volvió a la normalidad y Leticia sigue y seguirá siendo Colombiana entre tanto existan vende patrias. El APRA nunca hizo descargo de todo cuanto dijo el más fehaciente defensor del Putumayo.

Sin embargo, durante mi recorrido por áreas de la selva, con sumo esfuerzo llegue a la ex propiedad de la familia Arana, donde recogí muchos testimonios de verdades que permanecen inéditas. Vergüenza y repulsa provoca informarse de hechos que la historia oculta y tergiversa con dignidad diplomática.

Evidentemente, debo destacar que en los festejos con ocasión del Primer Centenario del Puerto Fluvial de Iquitos, el Concejo Provincial colocó una placa recordatoria en honor de Julio Arana, como “pionero y propulsor del desarrollo económico de la Hilea Amazónica y colonizador del Putumayo y Purús, defensor de la integridad Territorial de la Amazonia Peruana y Senador por Loreto”.

No obstante, el Ing. Luis Arana Zumaeta era gerente de la Compañía Chistopher Trading S.A. y ejerció la Presidencia de la Comuna y Presidencia de la Junta Departamental de Obras Públicas de Loreto, durante tres años. Al asumir la Alcaldía encontró que la Municipalidad había perdido completamente la credibilidad de las Compañías Mercantiles y de los Bancos Comerciales locales; pues adeudaba $ 2`869,431.22, distribuidos de la siguiente forma:

A los obreros  municipales............... 78,471.95
A los empleados................................116,265.49
Al  Seguro Social del Empleado…. ..82,520.63
Por alumbrado público....................267,630.60
Al fondo de jubilación obrera............97,805.09
Por baja policía.................................155,820.94
A los Bancos Comerciales................654,975.94
Por consiguiente, luego del “caso”, estas deficiencias económicas ya habían sido superadas y el municipio recobró la confianza ante el mundo financiero. También es del caso recordar que los diputados apristas Rafael Eguren Ordosgoitia y Héctor Vargas Haya, hicieron denuncias públicas de ciertos “malos manejos” de los fondos ediles, por lo que el Concejo Provincial de Maynas en pleno, acordó elevar el oficio Nº 137, con fecha 1 de Enero de 1966, a dichos representantes para que sin dilación alguna pidieran el nombramiento de una comisión para que “verifique” esas denuncias callejeras.

Lo cierto es que, ellos nunca cumplieron el pedido edil, con lo que demostraron su falsa acusación y repulsiva demagogia. Algo peor, nunca contestaron el referido oficio.

Obviamente, en la lista de AP-DC que motivó el triunfo abrumador del Ing. Luis Augusto Arana Zumaeta, también salieron electos los siguientes concejales:

Juan Ulises del Aguila Garate, Luis Wong Flores, Octavio Tafur Ramírez, Evenecer Porres Vargas, Luis Valdivia Shapiama, Rogelio Elespuru Aguilar, Josué Rodríguez Ríos, Jorge Pinedo Vigil, Olegario Hidalgo Reategui y Bernardo Videira Oroche. Fue el concejal Josué Rodríguez Ríos quien le sucedió en el cargo al difunto burgomaestre.

Entretanto, el Ing. Luis Arana Zumaeta, en cumplimiento del Decreto Supremo Nº 140 de fecha 17 de Agosto de 1963, hizo entrega de la Declaración Jurada de sus bienes, a la Secretaría del Municipio.

Por ende, de esta manera resumimos los quehaceres del hombre más repudiado por gran número de loretanos, pero que luego de su muerte resultó ser el ciudadano más digno y ejemplar de la amazonía. El valor del hombre está en lo que sabe y hace.


INTRIGA CONTRA LOS ARANA


INTRIGA CONTRA LOS ARANA

O
bviamente, tenía vivos deseos de conversar con el hombre más discutido de esos días; ya que los periódicos y emisoras de Iquitos se ocupaban ampliamente de él. Para lograrlo, acudía a la calle Pevas 219, a pocos pasos del taller del ex diario belaundista “Impreso”. Allí me recibió el Ing. Luis Arana Zumaeta, quien había sido electo alcalde de Loreto, en los comicios del 15 de diciembre de 1963.

Por lo tanto, el calendario señalaba 24 de Julio de 1967 y el reloj indicaba las tres de la tarde. Para entonces yo me encontraba nuevamente en esa ciudad con el propósito de acumular material para la confección de la “Guía Centenaria de Loreto”.

En cierta ocasión, me resultó bastante difícil concretar el interviú con dicho personaje, cuyo padre había movido a Carlos Rey de Castro a escribir su belicoso libro “Los escándalos del Putumayo”.

Es así que, Arana Zumaeta detestaba a los hombres de prensa, no obstante que en su fuero interior los necesitaba para desahogar su turbulencia espiritual causada por la tirantes de esos días, en los que precisamente se había convertido en “cabeza de turco”.

No obstante, el alcalde Zumaeta mostraba su rostro bastante demacrado y su mirada irradiaba incontenible y destructivo enojo contra sus numerosos detractores, que lo denigraban públicamente. Esto sucedía precisamente en el “Año de los Derechos Humanos”.

Por ende, algo retraído, me mostró un fólder nutrido de documentos que acreditaban fehacientemente que su actuación como alcalde de Maynas y Presidente de la Junta Departamental de Obras Públicas de Loreto, se había ajustado al canon de la más pulcra honradez.

Sin embargo, sus detractores, que eran muchos y fuertes le señalaban como autor de graves peculados y malversador de los fondos de la Comuna; y era que contra la sana interpretación de los dictados jurídicos, exigían sentencia inmediata del proceso que se le seguía.

Consecuentemente la sentencia ya había sido dada y la orden de detención estaba por cumplirse en cualquier momento. El alcalde Arana Zumaeta era informado de los entretelones, pero confiaba en que la justicia no seria totalmente ciega. Estaba decidido a todo, menos dejarse encarcelar. Ante mi insistencia por saber el porque del odio que le tenían, arguyó, de que “lo del concejo era solamente un simple pretexto y que las intrigas partían de la dirigencia aprista promovida por ingerencia extranjera”.

Entretanto, luego enfatizó que, “el caso tenía cola” y que se prolongaba hasta las incruentas luchas del Putumayo, cuando su padre don Julio C. Arana, se oponía como buen loretano a la penetración de apócrifos colonos colombianos en territorio peruano.

Por consiguiente, aseveró que su padre, con su propio peculio, adquirió todas las áreas que ocupaban los agricultores extranjeros sin afán de explotarlas, si no para revertirlas al prestigio nacional. Esto no perdonaron los vecinos del norte y formalizaron conjuras de alcance internacional, calificando el caso, como la lúgubre y fatídica historia del Putumayo.

Por lo que, gracias a la resistencia de los Arana en la zona selvática y fronteriza del Putumayo, los vecinos colombianos no obtuvieron el acceso que procuraban y que frente a otras etapas y otros hombres, se empecinaron en adquirir Leticia y lo consiguieron, mediante pactos de interés personal y de grupo, en desmedro de la soberanía nacional.

Asimismo, el General Luis Sánchez Cerro, con jerarquía de Presidente de la República, dispuso la depuración de todos los vestigios colombianos por todo el pueblo loretano; Entonces lo asesinaron y el arreglo se consumó como a pedir de boca. Esto todo el mundo lo sabe.

De esta manera acotaba mi entrevistado.

En consecuencia, por mi parte, daba mi asentimiento de que también lo sabía, aunque valgan verdades, me encontraba sudoroso al escuchar semejantes estocadas de quien tenía toda la razón de hablar, aunque sus adversarios le negaban ese innato derecho.

Salvo esporádicas y formales protestas, nadie fue más firme en oponerse, en pleno Congreso, a la entrega de Leticia, que Julio C. Arana quien en demostración de su protesta hasta hizo abandono del recinto parlamentario dejando en su curul una bandera peruana. Esto todo el mundo lo sabe.

Lamentablemente, con las loas a las paginas rojas de la amazonía peruana y los hechos de la nefasta “casa Arana”, Leticia fue desmembrada del seno de la patria, y posteriormente se ratificó mediante el dudoso y amañado acuerdo denominado “Salomón-Lozano”. “Brasil miró con repulsa esta tragedia loretana, pero nada pudo hacer frente a los oscuros pactos del Gobierno de Oscar Benavides (quien sucedió a Sánchez Cerro) y el Partido Aprista que lo apañaba”. La vergüenza histórica de los seis años de asilamiento en la Embajada
de Colombia en Lima del jerarca aprista, no fue más que una retribución al servicio brindado en el caso de Leticia. Esto, también todos lo sabemos.

Por desgracia, con su penetrante mirada sobre mi rostro, prosiguió diciendo: “Repito que el pleito que se me sigue por asuntos edilicios es únicamente pretexto para cerrarme la boca cuando denuncio al APRA con las armas de la verdad”. De esta manera se expresó ese día el Ing. Luis Arana Zumaeta, quien insistía con vehemencia, ser víctima de una confabulación política, pero que no permitiría ser humillado en la forma que habían gestado sus detractores. Simultáneamente me hizo entrega de algunas fotografías relacionadas con las obras que se encontraban en plena ejecución a favor de la urbe iquiteña, y también una de su persona que contrastaba totalmente su físico con el que tenía en el momento del reportaje.

Por lo que, me retiré abrumado de apuntes, no sin antes haber estrechado la diestra a ese hombre que como muy pocos, se encontraban prácticamente solo. La calumnia, la difamación y falsos cargos difundidos organizadamente por los cuatro vientos ya habían tomado cuerpo en la esfera del público, casi nunca comprensible.

 El burgomaestre Arana Zumaeta tenía recelo de salir hasta de su propia oficina. Por lo menos eso percibí al ver varias portaviandas y botellas de agua gaseosa, que se encontraban sobre su amplio escritorio de madera.
Indefectiblemente, “los hombres públicos tienen que someterse a la investigación de los medios de la prensa”

BENDAYAN Y “EL CENTINELA”


BENDAYAN Y “EL CENTINELA”


E
l personaje siniestro que describo, a mi entender, vivía una fantasía y un espejismo de ver y sentir espíritus del más allá. El sujeto era hijo de padre judío y de madre tribal de la región. Alto de estatura, trigueño, de frente y mirada limpias. Cuando caminaba, sus pasos los daba largos y firmes. Era hombre de éxito en la vida, pero frustrado en problemas del hogar. Trabajaba como correntista y de vez en cuando editaba un periódico cuyo nombre patentó como “El Centinela”.

¡Increíble! Pero cierto, era Benefactor con bienes ajenos, tenía fibra de recitador y con suma facilidad se adentraba al alto mundo loretano. Me refiero a Moisés Bendayan, quien además poseía cualidades excepcionales para concertar avisaje de apoyo para su periódico, pero tedioso para escribir y dueño de una caligrafía llena de aberraciones ortográficas. La totalidad de artículos que insertaba en su periódico de circulación eventual, eran recopilaciones y escritos solicitados a sus amigos. Ni siquiera el editorial lo escribía. Se aferraba en decir que era periodista y hasta tenía carnet de afiliado.

Fatalmente, uno de tantos días calurosos de la selva, hizo su arribo a Iquitos cierto émulo de periodista y se sintió ofendido por la mediocridad de Bendayan. Esto lo manifestó en un programa radial incluyendo a la totalidad de hombres de prensa loretanos.

¿Cuál fue su reacción? Bendayan se sintió herido en su amor propio, tal vez porque parte de su conciencia lo acusaba; en cambio la mayoría de periodistas recibieron con sano humor esa dúctil arenga.

Lamentablemente, el redactor visitante de formación alimeñada se encontraba en el bar “La Favorita”, junto al ex diario “La Razón”, donde fue visto por Bendayan, quien toda premura le asestó media docena de cinturonzazos en la sentadera mientras le “aconsejaba” no ocuparse nunca de su persona. Era medio día y, a muchas personas les causó gracia el espectáculo. Bendayan era hombre físicamente recio y muy conciente de la impetuosidad de sus golpes. A parte de todo ello, lo peculiar en Moisés Bendayan era el hecho de ser compadre de uno de los más reputados brujos del lugar, y que en las noches de luna llena se sumergía en una cocha por la tarde para reflotar al día siguiente, después de mantenerse en comunión con los espíritus del agua, según decía. Yo llegué a constatar este hecho, a invitación de Bendayan. Hasta ahora me parece una completa mentira.

Indudablemente, “para ser un buen periodista, escritor, orador, pintor, etc. Se requiere de 5% de inspiración y 95% de traspiración”.

EL PLAÑIDERO CAVERNARIO


                                              EL PLAÑIDERO CAVERNARIO


¡I
nsólito! Había un “plañidero” grotesco con vestidos extravagantes que cantaba música exotérica espiritual mágica que hacía llorar. En plena ciudad de Iquitos, conocí a un joven cegado del entendimiento, cuyo nombre se confundía entre tantos otros y que hasta él mismo lo ignoraba, según me dio a entender. Era llamado el “plañidero”. Desde pequeño hasta entonces que lo conocí, nunca cambió de ocupación, ni de manera de vivir. En el marco de su esfuerzo estaba consagrado a brindar compañía a los moribundos y coleccionar las prendas de los difuntos.

Precisamente, cual ave agorera, estaba perpetuamente ávido por saber quien era visitado por la agonía espantosa de la enfermedad. A ese desventurado candidato a la tumba, lo visitaba con frecuencia, manifestándole deseos de “mejoría”.

Por tal razón, voluntariamente se prestaba para hacer toda clase de mandados y atenciones a la persona enferma, que la trataba casi familiarmente hasta por su nombre. Entre tanto los de casa se sentían aliviados al dejar esos mortificantes quehaceres por el prolongado capricho de la enfermedad.

Consecuentemente, hacía todo lo posible por no despegarse del enfermo, hasta que exhalara el postrer suspiro. Entonces asumía los pormenores, tales como bañar al difunto, cubrirlo con la mortaja y llorar como María Magdalena, hasta con golpes en el pecho, haciendo verdaderamente dramático el escenario. De su cinto no apartaba un “instrumento”, fruto de su pasmoso ingenio, consistente en un mandril con media docena de hilos de nylon y un hueso, quien sabe de que procedencia, que en el momento dado, o sea cuando los dolientes eran absorbidos en conversaciones ajenas al agujón de la muerte, entonces lo hacia resonar con extraño y penumbrático poder. Todos lloraban al sonido de esa mágica y quejumbrosa música. Terminado el lapso de solemnidad, o sea una vez enterrado el cadáver, en retribución por sus “servicios” le eran entregados las prendas de vestir y demás objetos sin importancia de la persona fallecida, lo que llevaba con sigilo a su voluminosa colección.

Evidentemente, en su cuartucho que tenía en el barrio “Versalles”, acumulaba únicamente enseres y trastos de quienes habían dejado de estar en este mundo de los vivos, como este joven de conducta ya descrita que a decir verdad ignoro si seguirá viviendo. Diariamente cambiaba ropa y zapatos, que desde luego, no eran de su talla y todo era de color y aspecto fúnebre. Muchas familias le miraban y trataban con lastimera compasión y con el presagio de que en cualquier momento le tendrían en casa con su mensaje lúgubre y reconfortante. Lúgubre porque solo él y únicamente él, tenía la capacidad de hacer tales cosas; reconfortante, porque era portador de mensajes musicales que inducían al refugio espiritual.

No cabe duda que, este personaje fúnebre sufría de una de las siete formas clínicas de la paranoia: delirio de grandeza o delirio de persecución. Sin duda, un parasicoanalista diría que sufría de ambos delirios de la paranoia que es una enfermedad mental. “Quien se conforma con ser lo que es, vivirá engañándose así mismo”.


REVOLUCIÓN SIN CARTUCHOS


REVOLUCIÓN SIN CARTUCHOS

E
l hombre está sujeto a futilidad y frustración, es por eso que le acaece la fatalidad del suceso imprevisto, en otras palabras, no es el destino sino la casualidad de haberme encontrado por consecutivas veces en lugares donde insurgían revoluciones y disturbios de carácter bélico. Esto acicateaba mi temperamento y con intuición de informante acudía de inmediato a espectar su desarrollo saliendo siempre ileso, a Dios gracias.

Corría el tiempo, era el 16 de Febrero de 1956, el Comandante General de la División de Selva, Marcial Merino Pereira, encabezó un movimiento revolucionario con anuencia unánime del Cuerpo de Ejercito, más no así del Contralmirante de la Flotilla Fluvial del Amazonas, Eloy Burga Tejada.

Obviamente, el dirigente revolucionario dejó dicho en su manifiesto su disconformidad con la política regionalista del entonces Presidente de la Republica, General Manuel Apolinario Odría, quien pretendía usar las Fuerzas Armadas para asegurar la continuidad del régimen.

Prontamente, se realizó el levantamiento en el cual se quemó un cartucho en el centro de la Plaza de Armas de la ciudad capital de Loreto (y nada más), permitió que las actividades continuaran con toda normalidad. Es decir: la sangre no llegó al río. En los partes de guerra no se dio cuenta de ninguna baja.

Es así que, inmediatamente las fuerzas represivas del gobierno del General Odría descargaron todo su peso para aplastar la inesperada insurrección, acumulando gran cantidad de armamento, municiones y contingentes en el puerto de Pucallpa, con el propósito de llegar hasta Iquitos por el río Ucayali, mediante la flotilla fluvial.

Lamentablemente, luego de nueve días de “adueñarse” de la ciudad, habiéndose emitido monedas especiales y tomado una serie de modificatorias a favor de la colectividad loretana, el Jefe insurgente, mediante un nuevo Manifiesto explicó a la ciudadanía, que por no haber sido secundado por la Flotilla Fluvial, deponía su actitud de rebeldía, para evitar sacrificios cruentos del pueblo loretano.

Por consiguiente, esta clase de revoluciones e insurgencias, siempre traen consigo serios males y también algunos beneficios. El pueblo de Iquitos demostró su amplio apoyo y simpatía al movimiento del General Merino Pereira y en testimonio de ello le fue obsequiado un chalet, con el fin que perdure su estadía en Loreto. El referido chalet se encuentra en la segunda cuadra de la calle Morona.
  
Por lo tanto, en la generación de la década del 50, recuerda con puntos y comas este acontecer imbuido de coraje y patriotismo. A partir de entonces el gobierno reforzó drásticamente la Quinta Región Militar, renovando los cuadros estratégicos.

Precisamente, la fatalidad le acaeció a los militares que lo acompañaron fueron juzgados por un tribunal militar y fueron recluidos en la Colonia Penal El Sepa. No muchos meses después, la amnistía los salvó.
“La guerra solo se puede ganar mediante una bien planificada ofensiva; Nunca con una estrategia defensiva.”

IQUITOS Y EL ATLÁNTICO


      IQUITOS Y EL ATLÁNTICO

¡O
h, qué gratos recuerdos! Yo viví en la cúspide de la metrópoli del Atlántico de la biodiversidad del mundo ¡qué maravilla! Aquí está se llama Iquitos, a esta ciudad solamente se puede arribar por dos medios: aéreo y fluvial. Es una ciudad digna de sacarse el sombrero. Tuvo su nacimiento en la mente del insigne Ramón Castilla, como metrópoli del Atlántico.

Sin duda, en esa ciudad, a pesar de que impera un fuerte acento europeo a la par de un inconfundible sabor a Selva, hay un apego inconmensurable  a todo lo que significa peruanidad. Bien vale la pena visitar Iquitos. Dista casi 1000 kilómetros de Pucallpa y 1840 de Lima. Su altitud sobre el nivel del mar es de 109 metros. Es capital del departamento de Loreto y de la Provincia de Maynas. No tiene fecha de fundación, sino de creación.

No cabe duda que su ambiente es mágico, yo llegué para pernoctar en la selva solo una corta temporada y me quede varios años. Algunos años de mi vida han sido muy adversos, allí contraje matrimonio y luego de algunos años felices, viví un desenlace inesperado.

Por lo que, las palabras del magno educador argentino Domingo Faustino Sarmiento, en su portentosa obra “Recuerdos de Provincias”, vienen al caso:

Cásate y tendrás mujer;
Si es bonita, que celar,
Si es fea, que aborrecer,
Si es rica, que obedecer,
Si es pobre, que mantener;
Cásate y tendrás mujer.

Lo que es más, confieso que dicho matrimonio obstruyó muchos de mis juveniles ideales, que hasta entonces me animaba a visitar el mundo. Claro me dio la felicidad de los hijos. Eso significa bastante para mí: seis mujeres y un varón. Carmen Mariana, Luisa Aurora, Blanca Esperanza, Ana Gloria, Raquel Amparo, Martha Rosa y Ricardo Pablo. Pero volviendo al tema, diré que en Iquitos todos hablan con suma franqueza y la amistad la brindan incondicionalmente. No es raro encontrar “dejos” distintivos en su expresión, o sea el habla del Brasil, Colombia y de Loreto mismo. Al comienzo le repulsa al criollo, como conceptuándose superior a los nativos, pero luego sin quererlo se involucra en ese ambiente, en ese mundo de selva verde y dorada civilización; sintiéndose un loretano más. Lo que distingue al loretano, no solo es su típica manera de hablar, si no la forma variada de preparar sus comidas y la simplicidad en su manera de vestir.

Precisamente, así como iban las cosas muy detenidamente confeccione mi agenda en cierto año del señor, con el propósito de retirarme de esos lugares y señalar otros horizontes a mis hijos. Fue en ese trajín viajero que me establecí en Pucallpa por varios años más. Entonces me distraía el periodismo y edité la “Guía Centenaria de Loreto”. En esta edición conté con la asidua colaboración del veterano periodista Alfonso Navarro Cauper, que en paz descansa y a quien reconozco como un sincero amigo. Para la financiación de dicha obra, aportó el capital requerido el ecónomo loretano Artemio Saavedra, a quien se le retribuyó mediante acertada inclusión de avisaje comercial.


sábado, 28 de julio de 2018

UN ANGEL SACRÍLEGO


                                                                                UN ANGEL SACRÍLEGO


L
a paradoja de un sacrílego resulta contradictorio e inverosímil, en una sociedad sin compasión. Era un hombre altanero, incrédulo hasta de su sombra, y se convirtió en un guiñapo humano y murió acribillado de balas sin compasión... Precisamente, como complemento de mis habituales ocupaciones, opté como hábito estar con disposición perenne de conversar, y admiraba sobremanera a mis interlocutores que compartían mi misma manera de pensar. Entre estos platicantes, viene a mi memoria uno cuyo nombre es José Ángel Madrigal. Con esta persona sostenía amena conversación cada vez que nos encontrábamos. Madrigal dominaba varios idiomas y decía conocer medio mundo. Era natural del vecino país de Bolivia. Nos conocimos en Lima, en un mitin de carácter político.

Evidentemente, cuando una vez pregunté sobre su creencia religiosa, con la más cruda terquedad me respondió que él no creía en nada ni en nadie. Luego con natural fluidez me hizo saber que su vida corría peligro, pues la justicia peruana lo perseguía por haber cometido el delito de sacrilegio. Me dijo que se encontraba sin trabajo, sin dinero y sin ninguna persona que le inspirara confianza para solicitarle favores; el hambre y la miseria le acosaban intermitentemente. En esa condición ingreso a una iglesia, con la sana intención de pedir un poco de pan al cura. Pero resultó que estando en el interior, llamó por todas partes a viva voz, no recibió respuesta de nadie, a no ser por el eco que resonaba como la misma voz de su conciencia. Miraba y remiraba la infinidad de imágenes que poblaban dicho templo, había varios objetos de valor y las alcancías eran fáciles de abrir.

Lamentablemente, le sobrevino una especie de ceguedad y se dijo así mismo, que al fin y al cabo, todo cuanto había allí no era propiedad del cura, sino del pueblo que aportaba; sin que mediara otra razón, empezó a cargar con todo lo que pudo. El mantel con hilos de oro que cubría el altar donde posiblemente se acostumbraba depositar la ostia, le sirvió para envolver el hurto.

Consecuentemente, una vez afuera, caminó lo más rápido que pudo, para después ofrecer en venta a cualquier precio todo cuanto había sustraído. No tardó en ser descubierto y la policía estaba tras sus pasos. Los periódicos del lugar y de la capital, por medio de sus corresponsales, hicieron la noticia de lo sucedido. Él con sumo sigilo hizo su arribo a Lima, donde se ganaba la vida como “monero”, es decir confeccionando copias y ampliaciones de fotografías a colores.

Cabe indicar que, después de este relato, me planteó este desafío: Que si yo era un buen periodista, dijera todo cuanto acababa de escuchar. De inmediato me hizo entrega de una pequeña tarjeta que contenía su nombre y dirección. Este acto lo conceptué como un disparate y mirándole con renuencia sopesaba el reto. Lo de buen periodista era algo secundario. Todo esto trascurrió en el interior de un salón de café de una céntrica calle limeña. Al querer dar por terminada la charla, me adelanté a pagar por el consumo, pero Madrigal dijo en tono altanero “yo pago la cuenta”. El dueño del establecimiento no le hizo caso y procedió a extender un pequeño vuelto; esto indignó a Madrigal y lleno de enfado le infirió una frase hiriente al encargado del mostrador.

Cuando súbitamente, tres jóvenes que habían estado junto a nosotros, haciendo igual consumo y que al parecer eran indiferentes a nuestra charla, se acercaron en actitud resuelta y exhibiendo sus placas que los identificaba como detectives, nos condujeron a la avenida España. Eran como las nueve de la noche, luego de la correspondiente identificación me invitaron a retirarme. Madrigal quedó detenido.
Por consiguiente, de los calabozos policiales, fue trasladado al asqueroso Sexto, de donde a los pocos días se escapó, dejando boquiabiertos a sus custodios.
Es entonces que, pasó algún tiempo y encontrándome en la ciudad de Trujillo, se me ocurrió efectuar una visita dominical al hospital y la cárcel, con el sano propósito de ser útil a alguien.

Obviamente, cuando el alcaide me dijo que en las celdas se encontraba un hombre de quien nadie se acordaba. Inquirí por su nombre y a secas mientras hojeaba una lista llena de arrugas, me repuso: “José Ángel Madrigal, motivo robo de una iglesia en Piura y evasión del Sexto”. Pedí permiso para verlo. Ratas, cucarachas, piojos, chinches y un olor nauseabundo, constituían su mundo. Madrigal me reconoció, pero se apoderó de él un complejo de vergüenza y humillación que le impidió dirigirme la palabra. Me miraba, y su mirada revelaba la más nefasta tragedia a la que se puede llegar como consecuencia de la desigualdad y la incomprensión que predomina en la sociedad. Su cuerpo escuálido, cubierto a medias por sucios harapos, era la exacta réplica del insigne personaje de Víctor Hugo en su inquisidora obra “Los Miserables”. Vino a mi memoria, la sorpresiva experiencia que le cupo al inmortal Miguel Ángel, mientras se afanaba en completar su obra que titulara “Cristo y Judas”, en el que el mismo personaje le sirvió de modelo pasado un tiempo, pues el pecado encubierto lo denigró en público, transformando inclusive su propio rostro.

Es así que, Madrigal requería de inmediata atención médica, que no se la prodigaban, porque nadie la gestionaba y porque hasta el mismo Capellán que tenía a su cargo los servicios religiosos en la cárcel lo trataban con menosprecio al tildarlo de comunista. A partir de ese día cambió la situación de Madrigal.

Sin embargo, luego de varias visitas, me despedí. Pasaron algo así como dos años cuando volvería saber de él. Mi hermano Wilfredo, perteneciente a las Fuerzas Policiales, en el ramo de la Guardia Republicana, fue destacado al “Frontón”, donde lo encontró. Era tratado como elemento de suma peligrosidad. Una lóbrega y fría noche, luego de haberse violentado con las autoridades del penal, fue acribillado en una aislada celda. Se decretó su muerte física a causa de su incorregible conducta, pero naturalmente con otra etiqueta: “Por tentativa de evasión”.

Por lo tanto, cumpliendo su propia recomendación, ahora lo incluyo en estas memorias, con el atenuante que José Ángel Madrigal fue un incomprendido de la sociedad.

HOSPEDAJE CELESTIAL


HOSPEDAJE CELESTIAL


E
l verso 22 del capítulo 19 del Proverbios dice: “La cosa deseable en el hombre terrestre es su bondad amorosa” Ahora bien, para los que hemos nacido con el inverosímil signo de andariegos, sabemos lo que significa disfrutar de una hospitalidad nutrida de extraordinarias comodidades y saturada de atenciones de verdadera amistad.

Precisamente, con el único afán de expandir la Biblia, el libro de mayor circulación en el mundo, llegué a regiones incógnitas del sur en los departamentos de Arequipa y Puno.

Indudablemente, lo sucedido fue como si el cielo con sus buenos ángeles hubiere dispuesto una recepción muy bien programada que motiva la inclusión en las páginas de estas Memorias.

Es así que, en una de sus desoladas plazuelas exponía al aire libre el mensaje evangélico de que la Biblia es la palabra de Dios. Mi auditorio lo conformaban mayoritariamente mujeres y niños. En eso, un joven de excepcionales modales me inquirió diciendo que todos los de su casa leían la Biblia y me invitaba para conocerlos. Una vez allí, no solo se abrieron las puertas de la casa si no los corazones de aquella familia que irradiaba mucha simpatía. Allí todos lo pasaban imbuidos de la vida abundante que solo emana del Supremo Creador.


¡Qué curioso! La ama de casa llevaba el mismo nombre de la esposa del carpintero Galileo, es decir María. El nombre del joven que me indujo a visitar ese hermoso hogar mollendino, llevaba por nombre: Gregorio Domingo Ojeda Cornejo.

Lamentablemente, luego de tres días de insistencia para que los mollendinos adquieran la Biblia, determiné retirarme ufanado de que allí había un pedazo de cielo. Simultáneamente concertamos, previo acuerdo de su familia, para que el joven Gregorio Domingo, hiciera su ingreso al Instituto Bíblico Peruana que tenía su sede en San Isidro, Lima, de donde yo había egresado como empedernido colportor.

Evidentemente, por mi parte propuse, arrojarnos juntos al crisol, para saber de nuestra capacidad como obreros en la convulsionada Viña del Señor, aprovechando unos días que faltaban para el inicio de las clases el Instituto Bíblico. Recorrimos junto con el ya hermano Gregorio Domingo Ojeda, las tierras del norteño y culto departamento de La Libertad. El valle de Chicama con sus gamonales explotadores; encontramos miles de obreros sumisos con jornales de hambre, pueblos carentes de vías de comunicación, dirigentes sindicales ávidos de concertaciones de beneficio personales, la mano férrea del capitalismo extranjero representado por las opulentas firmas Grace y Gildemeister.

En esas circunstancia, de pugnas y tirantez, ese era el ambiente cuando se hablaba de raciones de comida y socorro en los tratos de pago. En esa área insensible se arrojaba la semilla plenamente seguros que Dios daría el feliz crecimiento.

Entretanto, ya internado el Hermano Gregorio Domingo se destacó como excelente alumno y muy inclinado al dominio de idiomas. Los cursos de hermenéutica, apología, homilética y todo lo concerniente a la teología le fue cosa de fácil absorción.

Por lo tanto, de conformidad al reglamento interno del Instituto solamente los domingos lo disponíamos para confrontar nuestra capacidad de aprendizaje. El alumnado que procedía de todas las regiones del Perú, cada cual nos dispersábamos a donde mejor nos parecía, pero había especial inclinación pasarlo en el ostentoso Campo de Marte, donde acudían grupos de diferente denominaciones religiosas a expandir su testimonio al aire libre. Allí era habitual escuchar las alabanzas y testimonios de los destacados líderes cristianos como José Palma, Víctor Ruiz, Ignacio Zúñiga Rivera, José Ferreira García, Saúl Barrera Cayetano, Félix Calle Muñoz, Alejandro Tuesta Abraham de Ita y por supuesta el ya resurgente Gregorio Domingo Ojeda con Selmira Reátegui, Margarita Falcón, Leonor Vallejo, Juanita Cevallos, Raquel Echevarria y otros consagrados adalides.

Cabe indicar que, también a ese lugar llegaban estudiantes de los seminarios católicos para repeler las arengas bíblicas que con incontenible ímpetu lanzaban los fervientes miembros de las congregaciones evangélicas.

Lo que es más, ya de retorno al Instituto, muchos estudiantes decían haber recibido más de una paliza de parte de la policía que acudía para hacer las “pases” entre grupos de diferentes facciones.

Al respecto cabe indicar que, concluido el periodo estudiantil dedicó el predicador mollendino parte de su tiempo en quehaceres fútiles para agenciarse de recursos que le servían para reforzar su habitual acto de diezmar. Las bendiciones cada día se acrecentaban y cuando dejo de lado las cosas de niño, asumió su rol de varón hecho y derecho y fue entonces que determinó formar hogar con la dama pacasmaina que hasta ahora le servía de báculo en las duras y largas jornadas de la vida. Lo anecdótico fue que surgió una absurda oposición familiar para impedir la formalización de este nuevo hogar y fue que optaron por desheredarlo. Se impuso la sinceridad del amor mutuo y en una pequeña iglesia de un pueblo ignoto contrajeron matrimonio.

En este contexto espiritual, ¡Qué maravilloso! cuando los hijos de Dios se doblegan para acatar su voluntad, las puertas y ventanas del cielo se abren para expandir bendiciones de toda índole hasta que sobre abunda. Posteriormente trabajó como contador dependiente de una poderosa firma minera que le favoreció para conocer pormenores de transacciones económicas a escala internacional. Al término de su convenio laboral se afincó con su ya constituida familia en la ciudad de Nueva York (EEUU) y la prosperidad, el bien y la misericordia le siguen todos los días hasta la actualidad.

Es por ello que, ha constituido una fornida empresa de contenido social que tiene como objetivo alcanzar ayuda a sectores de extrema necesidad de objetos adquiridos en los mismos centros de producción, siendo beneficiado el Perú con sus múltiples grupos que permanecen ávidos de apoyo y seguirá siéndolo en la medida de las posibilidades.

En realidad, nada lo detiene, hay una ferria voluntad de seguir con espíritu misionero de parte de los esposos Gregorio Y María Ojeda mediante el organismo internacional denominado WORLD CHRISTIAN MISSIONARY TABERNACLE, INC., que muy acertadamente dirigen con la ayuda y protección de lo alto.


EXPERIENCIA DE COLPORTOR


EXPERIENCIA DE COLPORTOR

¡U
na paradoja y su disyuntiva de un hombre de fe en Dios! Evangélicamente se conoce con el nombre de colportor a la persona dedicada al esparcimiento de la Biblia y libros doctrinarios afines.

¡Increíble! Aunque usted no lo crea, pero sucedió en una plazoleta de Arequipa. Yo ofrecía los libros que llevaba dentro de un maletín y un caballero me preguntó que era aquello. Al referirle que se trataba de las Sagradas Escrituras, me repuso “si son Sagradas, guárdelas bien para que no les dé el sol”. Las personas que escucharon este diálogo se rieron de muy buena gana. Por mi parte, admiré su maliciosa ocurrencia.

Posteriormente, en otra oportunidad, una joven mujer muy bien vestida, me solicitó un ejemplar de las Sagradas Escrituras de la mejor calidad. De inmediato procedí a poner en sus manos un ejemplar de empaste de cuero con índice y relámpago. Al tomarla en sus manos preguntó por el precio y los pagó sin regateos, luego rasgó hoja por hoja, las páginas empezaron a caer sobre mis narices. Muchas personas observaron este acontecer que tuvo como escenario una calle céntrica de la ciudad de Arequipa. Yo, reprimiéndome silenciosamente, recogí las hojas de la Biblia para que no fuesen pisoteadas. Aprendí que el hombre que camina en integridad, es superior a todas las circunstancias.

Indefectiblemente, cierta vez avanzaba por las estrechas calles del distrito de Yurac (Arequipa). El ambiente era friolento y el sol quemaba exteriormente. De pronto, de una de las picanterías que nutrían ese sector, apareció un hombre relativamente joven, que informado de mi misión dijo que de buena gana me compraría un ejemplar de las Sagradas Escrituras, pero con la condición de que le aceptara un vaso de chicha. Se me dijo que era fresca y la acepté. El hombre cumplió su palabra adquiriendo de buena gana un ejemplar de la Biblia. Cuando ya me retiraba de ese templo de comidas y bebidas de popular reputación, cuando dos parroquianos más, salieron con idéntica fórmula, es decir que les aceptara un vaso de chicha a cada uno y que comprarían igual número de Biblias.
Créanme, por desgracia, estaba más que pensativo en la intrincada situación en que me encontraba y resuelto como norteño que soy dije para mis adentros “no hay primera sin segunda” y fueron tres enormes vasos de chicha los que me bebí. Por esos tiempos y en aquel lugar los vasos tenían la capacidad de una botella, de tal forma que yo me había ingerido nada menos que tres botellas de esa bebida que según dicen era la favorita de los Incas. Estos dos bebedores que menciono también cumplieron su palabra, cada uno adquirió una Biblia y pagó su respectivo importe. A partir de entonces ya no me quedó ganas de seguir ofreciendo la Biblia en las picanterías y me fui directamente a mi habitación. Nunca antes había sentido la manifestación del mareo por efecto de bebidas alcohólicas, aunque mareos por el “chucaque” y el “soroche” ya me eran familiares.

Lamentablemente, ante ello, me puse a pensar seriamente en el destino que tomarían esas Bíblias dejadas en manos de borrachos.

Es así que, estando de viaje con dirección a la ciudad de Puno, me detuve a trabajar en las poblaciones de Cabanillas, Juliaca, Lampa, Azángaro, Ayaviri, Putina y Huancané.

Entretanto, en uno de esos pueblos se me agotaron los recursos económicos. El frío me quemaba y el “hombre interior iba renovándose”.

Manteniendo la esperanza en medio de esa lobreguez, me sentí impulsado a dirigirme a uno de los dos hoteluchos del lugar. Al propietario le confesé mi situación y le propuse pagar con un ejemplar de la Biblia el importe del cuarto para pasar la noche. Esto lo dije más de fuerza que de ganas, conociendo de que por la fe, aun me mantenía en pie, y que de ninguna manera pretendía hacer negocio indigno de la Palabra de Dios.

Sin embargo, súbitamente aquel hombre, ya metido en años y de apariencia extranjera, muy seriamente me auscultaba, entre tanto yo proseguía con la propuesta, asido del maletín para ir a mejor lugar si la súplica no era aceptada. Luego de un corto silencio, ese hombre se expresó a sí: “Me agrada escucharle y saber que usted es sembrador de la palabra del Señor. Le ofrezco casa y comida y puede quedarse todo el tiempo que desee”.

En ese hogar fui atendido a cuerpo de rey. Eran muchos días que no había comido lo suficiente, ni en cantidad ni en calidad. Quesos, cuyes, papas arinosas, panes de cebada, abundante leche fresca, huevos y una infinidad de sabrosos potajes rebalsaron mis desnutridas tripas. Una cómoda cama con frazadas de lana de alpaca y vicuña, reconstituyeron mi cuerpo ya bastante abatido y agotado.

Por consiguiente, lo que estaba a mi alcance explicaba el contenido de las Sagradas Escrituras a esas diez personas que constituían el hogar hospitalario, quienes en todo momento me agradecían por mi oportuna llegada. A los dos días me despedí recibiendo sendos fiambres y variados objetos como regalos recordatorios. Es verdad aquello: “que nuestra obra en el Señor, no es en vano”. Dios hace las cosas mucho más abundante de lo que pedimos o entendemos.

Posteriormente, ya en Juliaca, un médico de la Clínica adventista, con suma gentileza me invitó a sostener conversación en su casa. Ese joven profesional me daba la impresión de que era un autentico fariseo. Con la Biblia en las manos argumentaba de la “triste situación de los evangelios al confiar solamente en la gracia de Dios sin acatar los mandatos de la Ley”. Yo me concentré solamente a escucharle y después de un largo rato, me puse de pie y le agradecí por su elocuente exposición y me marché. En mi cuarto, puesto de rodillas oré a Dios para que me guardara de las dudas.

Es entonces que, en el puerto Mollendo conocí a la familia Chávez Ojeda, de muy buena reputación espiritual, la que sin el menor titubeo me abrió las puertas de su hogar, tal cual lo hacían como norma de su ética cristiana, con todos sin excepción. Uno de los hijos de esa honorable familia, de nombre domingo, ingresó al Instituto Bíblico destacándose como hombre útil en las manos de Dios.

En Mollendo, mucho me llamó la atención que en cada arribo del ferrocarril procedente de Arequipa, en su habitual escala en la Joya (valle de Majes) embarcaran cientos de latas de tierra, para luego ser vendidas en dicho puerto y a buen precio. Era que la población del puerto sureño, como bien lo afirmó el ensayista Arrieta Málaga, está ubicada “sobre una roca solitaria”. Las gentes requerían con inusitada ansiedad de cualquier cantidad de tierra para usarla en el sembrío de Flores y plantas, con el fin de hacer la vida más llevadera.

Ahora bien, cuatro meses estaba ocupado en la vehemente tarea de colportor en los ávidos pueblos del sur peruana, enfrentando incontables desdenes y peligros inherentes a mi osada ambición de difundir las Sagradas Escrituras, me sirvieron de acicate para fortalecer mi fe de creyente. La palabra de Dios, edifica, renueva y fortalece a los crédulos y salva y redime a los frustrados inconversos.

Obviamente, a la Lima Virreinal retorné casi sin zapatos; cientos de kilómetros los habían traspuestos paso a paso en sincero afán de llegar al más apartado y aislado corazón humano.

¡Qué felicidad! Respecto al balance de los libros distribuidos, se me felicitó y entregó una constancia de mi labor. “Ni el que siembra ni el que riega es algo, si no el que da el fruto y el crecimiento es Dios”. Cientos de ejemplares de la Biblia y Nuevos Testamentos, así como millares de porciones puestas en manso de gente de toda índole, motiva impulsivamente a orar, como el labriego, para que la semilla germine y dé frutos buenos y abundantes.

En realidad, como bien sabemos, algunos libros informan, otros reforman, pero solo la Biblia transforma.

La Sociedad Bíblica Británica y Extranjera, entonces tenían sus oficinas en la Provincia Constitucional del Callao. (1948).   


ESCUDRIÑANDO LAS ESCRITURAS


ESCUDRIÑANDO LAS ESCRITURAS


E
l paradigma del paraíso y la vida eterna me motivó a ingresar a un Instituto Bíblico con el propósito de aprender a vivir la vida cristiana en su plenitud, y también para adquirir experiencia y conocimiento de la Biblia, y de la doctrina cristiana.

Por ende, el centro de estudios se encontraba en el aristocrático barrio de San Isidro (calle Burgos) y éramos una veintena
de jóvenes estudiantes. Digo jóvenes porque todos estábamos imbuidos del mismo concepto espiritual que efectivamente rejuvenece, aunque a decir verdad había entre nosotros varios adultos, jefes de familia.

Es así que, para entonces, mi hermano mayor de nombre Wilfredo, quien era dado a escribir poesías y que integraba las fuerzas policiales en Lima, con especial esmero me prodigaba cierta clase de apoyo. Era como si Dios hubiera preparado todo este proceso. Dentro de la Institución existían reglamentos hasta para los mínimos detalles y todos nos conllevábamos con muy buena disposición. Imperaba la pulcritud, el orden y el respeto mutuo. En el trato cordial y cumplimiento de obligaciones nadie era más. Nos absteníamos de tratar cuestiones políticas y otras frivolidades.

Por consiguiente, los quehaceres domésticos los compartíamos en forma mancomunada y rotativa; tales como la compra de víveres en los mercados, aseo general del edificio que era de dos plantas, cuidado del gallinero, jardín, biblioteca y enseres en general, con excepción de la cocina que estaba a cargo del hermano Mario, cuyos modales de fineza excedían de lo común.

Entretanto, un vehículo que en parte estaba a nuestra disposición, pues era llamado “carro del instituto”, presentaba un lustre casi exagerado, por el esmerado cuidado que le prodigábamos. Tan bien el servir los alimentos y lavar los utensilios eran deberes que se compartían entre nosotros. Allí todo era de cuidar muy bien, porque cada objeto hablaba por si de su costo precio. Disponíamos de una olla de
presión que era usada para que los huesos y cáscaras de frutas se convirtieran en exquisitas mazamorras que eran parte del menú institutivo.

Por lo tanto, había agua y luz a discreción, también numerosos enchufes para planchas, radios, ventiladores y hasta para máquinas de afeitar que algunos de los estudiantes disponían. Entonces no había televisión. El teléfono era para uso exclusivo del Director y los profesores; los alumnos, solo podían disponer de él para llamadas excepcionales. El edificio era de estructura moderna y lleno de comodidades. Un enorme piano daba muy buena impresión en la sala de recibo. Así también un pabellón aparte, pero dentro de la misma área de terreno, era ocupado por el Director y su familia. La Dirección estaba a cargo del Rvdo. Pablo Roff; la Subdirección recaía en el Pastor Juan Ritchie; como Consejero y Asesor el escritor y orador español Manuel Garrido Aldama.

Por otro lado, el personal docente arribaba de Lima a la hora de dictar los cursos a su cargo. Un Comité Especial tenía a su cargo la provisión de recursos para el sostenimiento del “Instituto Bíblico Peruano”, que así era llamado ese centro de estudios y capacitación de obreros evangélicos.

Lamentablemente, no es cuestión de cucufatería, sino conciencia de reconocimiento de que cuando los hombres se esfuerzan para acercarse a Dios el Todopoderoso Jehová, el adversario común de todas las cosas buenas, contra la lógica, se esmera en oponerse y motivar circunstancias adversas, por lo que tuvimos que hacer frente a trances violentos y difíciles por consecutivas veces. Las soluciones llegaban cuando doblegábamos las rodillas y se elevaban incesantes plegarias y eran derramadas lágrimas calurientas, pues las luchas eran de carácter espiritual. Efectivamente el triunfo y la victoria llegaban en su exacta oportunidad, pues nuestra confianza estaba depositada en el Dios de los que viven y tienen la promesa: “No te dejaré, ni te desampararé”.

Ciertamente, en cuanto al origen de los estudiantes allí presentes, procedíamos de las tres regiones del país; nos acompañaba también un hermano natural de Bolivia de apellido Gálvez. Este, con los hermanos Alejandro Tuesta López, natural de Moyobamba; Abrahán de Ita y Saúl Barrera Cayetano del centro, cursaban los últimos años de estudios superiores. La “carrera” tenía dos etapas. Curso de intermedio,
consistente de dos años de internado, por un año de prueba y Curso superior, consistente en tres años más de internado por el resto de la vida sometido a prueba.

Ahora bien aconteció que, Juan Sifuentes Huamanchumo y Domingo Ojeda Cornejo, eran porteños de pura sepa, uno era de Huanchaco y el otro de Mollendo; Alberto López Mattos era “charapa” de contamana; Félix Calle Muñoz, “characato”. Sobrado, Rosales, Camacho, Gálvez, Barrera y  Panduro eran “shucos” es decir de la sierra. Velásquez era del sur chico y de descendencia mulata y tenía rasgos de niño en la totalidad de sus tratos, no obstante que entre todos los allí presentes era el más alto. Un joven que recientemente había abandonado el sacerdocio católico, también se encontraba asimilado entre nosotros, apellidaba Espinoza y mostraba una miopía muy pronunciada; era doctor en letras y con manifiestas cualidades de educador.

Además, en realidad, las comidas que se servían diariamente eran para satisfacer todos los gustos. En consecuencia, entre los estudiantes había profesionales radiotécnicos, choferes, ebanistas, maestros de escuela, contadores, gráficos, profesores de inglés, agricultores, granjeros, enfermeros, etc., cuyos conocimientos los poníamos al servicio de la comunidad, cuando así lo demandaban las circunstancias.

Lamentablemente, todos estábamos imbuidos del propósito de capacitarnos para irradiar mejor nuestro servicio al pueblo y de esta manera sea convertido en realidad inmediata el imperioso y poético lema “El Perú para Cristo”.

Por desgracia, el reglamento interior del Instituto establecía la prohibición de visitas femeninas, sobre todo en horas de la noche. Algunos de los estudiantes pasaban medianoche en la calle. Esto se delataba en el desarrollo de las clases cuando el sueño les absorbía y dominaba. Antes y después de todo éramos hombres funcionales. Para no dar lugar a malas interpretaciones, debo aclarar que algunos de los estudiantes eran jefes de familia y de hogares constituidos.

Entretanto, es así que, la vida interna se desarrollaba de la siguiente manera:

De  6  a  7 a.m.      Aseo y cumplimiento de obligaciones caseras.
De  7  a  8 a.m.     Meditación y desayuno.
De  9  a 12 m.       Clases con intervalos de diez
                               minutos para servirnos refrigerio.
De 12  a  1 p.m.    Almuerzo.
De  1  a  3 p.m.     Ordenamiento de deberes y siesta.
De  3  a  5 p.m.     Clases.
De  5  a  6 p.m.     Gimnasia.
De  6  a  7 p.m.     Comida.
De  7  a  10 p.m.   Concurrencia a la biblioteca con media hora de       oración conjunta en el salón de actos; testimonios y exposición de  experiencias.

Finalmente, los días Domingo, luego del desayuno especial y la oración unida, recibíamos una modesta propina de parte del Director, nos despedíamos hasta reencontrarnos a eso de la media noche, pues todos nos dispersábamos por diferentes sectores de Lima y Balnearios  esparciendo los bagajes adquiridos como estudiantes de la Biblia.

ASI ERA EL TRAPECIO AMAZÓNICO

ASI ERA EL TRAPECIO AMAZÓNICO ¡Q ué ironía de la vida! La presunción de no conocer el Perú profundo me infundía verg...