EL PLAÑIDERO CAVERNARIO
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¡I
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nsólito! Había un “plañidero” grotesco con vestidos
extravagantes que cantaba música exotérica espiritual mágica que hacía llorar.
En plena ciudad de Iquitos, conocí a un joven cegado del entendimiento, cuyo
nombre se confundía entre tantos otros y que hasta él mismo lo ignoraba, según
me dio a entender. Era llamado el “plañidero”. Desde pequeño hasta entonces que
lo conocí, nunca cambió de ocupación, ni de manera de vivir. En el marco de su
esfuerzo estaba consagrado a brindar compañía a los moribundos y coleccionar
las prendas de los difuntos.
Precisamente, cual ave agorera, estaba
perpetuamente ávido por saber quien era visitado por la agonía espantosa de la
enfermedad. A ese desventurado candidato a la tumba, lo visitaba con
frecuencia, manifestándole deseos de “mejoría”.
Por tal razón, voluntariamente se
prestaba para hacer toda clase de mandados y atenciones a la persona enferma,
que la trataba casi familiarmente hasta por su nombre. Entre tanto los de casa
se sentían aliviados al dejar esos mortificantes quehaceres por el prolongado
capricho de la enfermedad.
Consecuentemente, hacía todo lo posible
por no despegarse del enfermo, hasta que exhalara el postrer suspiro. Entonces
asumía los pormenores, tales como bañar al difunto, cubrirlo con la mortaja y
llorar como María Magdalena, hasta con golpes en el pecho, haciendo
verdaderamente dramático el escenario. De su cinto no apartaba un
“instrumento”, fruto de su pasmoso ingenio, consistente en un mandril con media
docena de hilos de nylon y un hueso, quien sabe de que procedencia, que en el
momento dado, o sea cuando los dolientes eran absorbidos en conversaciones
ajenas al agujón de la muerte, entonces lo hacia resonar con extraño y
penumbrático poder. Todos lloraban al sonido de esa mágica y quejumbrosa
música. Terminado el lapso de solemnidad, o sea una vez enterrado el cadáver,
en retribución por sus “servicios” le eran entregados las prendas de vestir y
demás objetos sin importancia de la persona fallecida, lo que llevaba con
sigilo a su voluminosa colección.
Evidentemente, en su cuartucho que tenía
en el barrio “Versalles”, acumulaba únicamente enseres y trastos de quienes
habían dejado de estar en este mundo de los vivos, como este joven de conducta
ya descrita que a decir verdad ignoro si seguirá viviendo. Diariamente cambiaba
ropa y zapatos, que desde luego, no eran de su talla y todo era de color y
aspecto fúnebre. Muchas familias le miraban y trataban con lastimera compasión
y con el presagio de que en cualquier momento le tendrían en casa con su
mensaje lúgubre y reconfortante. Lúgubre porque solo él y únicamente él, tenía
la capacidad de hacer tales cosas; reconfortante, porque era portador de
mensajes musicales que inducían al refugio espiritual.
No cabe duda que, este personaje fúnebre
sufría de una de las siete formas clínicas de la paranoia: delirio de grandeza
o delirio de persecución. Sin duda, un parasicoanalista diría que sufría de
ambos delirios de la paranoia que es una enfermedad mental. “Quien se conforma
con ser lo que es, vivirá engañándose así mismo”.
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