domingo, 29 de julio de 2018

EL PLAÑIDERO CAVERNARIO


                                              EL PLAÑIDERO CAVERNARIO


¡I
nsólito! Había un “plañidero” grotesco con vestidos extravagantes que cantaba música exotérica espiritual mágica que hacía llorar. En plena ciudad de Iquitos, conocí a un joven cegado del entendimiento, cuyo nombre se confundía entre tantos otros y que hasta él mismo lo ignoraba, según me dio a entender. Era llamado el “plañidero”. Desde pequeño hasta entonces que lo conocí, nunca cambió de ocupación, ni de manera de vivir. En el marco de su esfuerzo estaba consagrado a brindar compañía a los moribundos y coleccionar las prendas de los difuntos.

Precisamente, cual ave agorera, estaba perpetuamente ávido por saber quien era visitado por la agonía espantosa de la enfermedad. A ese desventurado candidato a la tumba, lo visitaba con frecuencia, manifestándole deseos de “mejoría”.

Por tal razón, voluntariamente se prestaba para hacer toda clase de mandados y atenciones a la persona enferma, que la trataba casi familiarmente hasta por su nombre. Entre tanto los de casa se sentían aliviados al dejar esos mortificantes quehaceres por el prolongado capricho de la enfermedad.

Consecuentemente, hacía todo lo posible por no despegarse del enfermo, hasta que exhalara el postrer suspiro. Entonces asumía los pormenores, tales como bañar al difunto, cubrirlo con la mortaja y llorar como María Magdalena, hasta con golpes en el pecho, haciendo verdaderamente dramático el escenario. De su cinto no apartaba un “instrumento”, fruto de su pasmoso ingenio, consistente en un mandril con media docena de hilos de nylon y un hueso, quien sabe de que procedencia, que en el momento dado, o sea cuando los dolientes eran absorbidos en conversaciones ajenas al agujón de la muerte, entonces lo hacia resonar con extraño y penumbrático poder. Todos lloraban al sonido de esa mágica y quejumbrosa música. Terminado el lapso de solemnidad, o sea una vez enterrado el cadáver, en retribución por sus “servicios” le eran entregados las prendas de vestir y demás objetos sin importancia de la persona fallecida, lo que llevaba con sigilo a su voluminosa colección.

Evidentemente, en su cuartucho que tenía en el barrio “Versalles”, acumulaba únicamente enseres y trastos de quienes habían dejado de estar en este mundo de los vivos, como este joven de conducta ya descrita que a decir verdad ignoro si seguirá viviendo. Diariamente cambiaba ropa y zapatos, que desde luego, no eran de su talla y todo era de color y aspecto fúnebre. Muchas familias le miraban y trataban con lastimera compasión y con el presagio de que en cualquier momento le tendrían en casa con su mensaje lúgubre y reconfortante. Lúgubre porque solo él y únicamente él, tenía la capacidad de hacer tales cosas; reconfortante, porque era portador de mensajes musicales que inducían al refugio espiritual.

No cabe duda que, este personaje fúnebre sufría de una de las siete formas clínicas de la paranoia: delirio de grandeza o delirio de persecución. Sin duda, un parasicoanalista diría que sufría de ambos delirios de la paranoia que es una enfermedad mental. “Quien se conforma con ser lo que es, vivirá engañándose así mismo”.


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