INTRIGA CONTRA LOS ARANA
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bviamente, tenía vivos deseos de conversar con el hombre más
discutido de esos días; ya que los periódicos y emisoras de Iquitos se ocupaban
ampliamente de él. Para lograrlo, acudía a la calle Pevas 219, a pocos pasos del
taller del ex diario belaundista “Impreso”. Allí me recibió el Ing. Luis Arana
Zumaeta, quien había sido electo alcalde de Loreto, en los comicios del 15 de
diciembre de 1963.
Por lo tanto, el calendario
señalaba 24 de Julio de 1967 y el reloj indicaba las tres de la tarde. Para
entonces yo me encontraba nuevamente en esa ciudad con el propósito de acumular
material para la confección de la “Guía Centenaria de Loreto”.
En cierta ocasión, me
resultó bastante difícil concretar el interviú con dicho personaje, cuyo padre
había movido a Carlos Rey de Castro a escribir su belicoso libro “Los
escándalos del Putumayo”.
Es así que, Arana Zumaeta
detestaba a los hombres de prensa, no obstante que en su fuero interior los
necesitaba para desahogar su turbulencia espiritual causada por la tirantes de
esos días, en los que precisamente se había convertido en “cabeza de turco”.
No obstante, el alcalde
Zumaeta mostraba su rostro bastante demacrado y su mirada irradiaba
incontenible y destructivo enojo contra sus numerosos detractores, que lo
denigraban públicamente. Esto sucedía precisamente en el “Año de los Derechos
Humanos”.
Por ende, algo retraído, me
mostró un fólder nutrido de documentos que acreditaban fehacientemente que su
actuación como alcalde de Maynas y Presidente de la Junta Departamental
de Obras Públicas de Loreto, se había ajustado al canon de la más pulcra
honradez.
Sin embargo, sus
detractores, que eran muchos y fuertes le señalaban como autor de graves
peculados y malversador de los fondos de la Comuna ; y era que contra la sana interpretación
de los dictados jurídicos, exigían sentencia inmediata del proceso que se le
seguía.
Consecuentemente la
sentencia ya había sido dada y la orden de detención estaba por cumplirse en
cualquier momento. El alcalde Arana Zumaeta era informado de los entretelones,
pero confiaba en que la justicia no seria totalmente ciega. Estaba decidido a
todo, menos dejarse encarcelar. Ante mi insistencia por saber el porque del
odio que le tenían, arguyó, de que “lo del concejo era solamente un simple
pretexto y que las intrigas partían de la dirigencia aprista promovida por
ingerencia extranjera”.
Entretanto, luego enfatizó
que, “el caso tenía cola” y que se prolongaba hasta las incruentas luchas del
Putumayo, cuando su padre don Julio C. Arana, se oponía como buen loretano a la
penetración de apócrifos colonos colombianos en territorio peruano.
Por consiguiente, aseveró
que su padre, con su propio peculio, adquirió todas las áreas que ocupaban los
agricultores extranjeros sin afán de explotarlas, si no para revertirlas al
prestigio nacional. Esto no perdonaron los vecinos del norte y formalizaron
conjuras de alcance internacional, calificando el caso, como la lúgubre y
fatídica historia del Putumayo.
Por lo que, gracias a la
resistencia de los Arana en la zona selvática y fronteriza del Putumayo, los
vecinos colombianos no obtuvieron el acceso que procuraban y que frente a otras
etapas y otros hombres, se empecinaron en adquirir Leticia y lo consiguieron,
mediante pactos de interés personal y de grupo, en desmedro de la soberanía nacional.
Asimismo, el General Luis
Sánchez Cerro, con jerarquía de Presidente de la República , dispuso la
depuración de todos los vestigios colombianos por todo el pueblo loretano;
Entonces lo asesinaron y el arreglo se consumó como a pedir de boca. Esto todo
el mundo lo sabe.
De esta manera acotaba mi
entrevistado.
En consecuencia, por mi
parte, daba mi asentimiento de que también lo sabía, aunque valgan verdades, me
encontraba sudoroso al escuchar semejantes estocadas de quien tenía toda la
razón de hablar, aunque sus adversarios le negaban ese innato derecho.
Salvo esporádicas y formales
protestas, nadie fue más firme en oponerse, en pleno Congreso, a la entrega de
Leticia, que Julio C. Arana quien en demostración de su protesta hasta hizo abandono
del recinto parlamentario dejando en su curul una bandera peruana. Esto todo el
mundo lo sabe.
Lamentablemente, con las
loas a las paginas rojas de la amazonía peruana y los hechos de la nefasta
“casa Arana”, Leticia fue desmembrada del seno de la patria, y posteriormente
se ratificó mediante el dudoso y amañado acuerdo denominado “Salomón-Lozano”.
“Brasil miró con repulsa esta tragedia loretana, pero nada pudo hacer frente a
los oscuros pactos del Gobierno de Oscar Benavides (quien sucedió a Sánchez
Cerro) y el Partido Aprista que lo apañaba”. La vergüenza histórica de los seis
años de asilamiento en la
Embajada
de Colombia en Lima del jerarca aprista, no fue más que una
retribución al servicio brindado en el caso de Leticia. Esto, también todos lo
sabemos.
Por desgracia, con su
penetrante mirada sobre mi rostro, prosiguió diciendo: “Repito que el pleito
que se me sigue por asuntos edilicios es únicamente pretexto para cerrarme la
boca cuando denuncio al APRA con las armas de la verdad”. De esta manera se expresó
ese día el Ing. Luis Arana Zumaeta, quien insistía con vehemencia, ser víctima
de una confabulación política, pero que no permitiría ser humillado en la forma
que habían gestado sus detractores. Simultáneamente me hizo entrega de algunas
fotografías relacionadas con las obras que se encontraban en plena ejecución a
favor de la urbe iquiteña, y también una de su persona que contrastaba
totalmente su físico con el que tenía en el momento del reportaje.
Por lo que, me retiré
abrumado de apuntes, no sin antes haber estrechado la diestra a ese hombre que
como muy pocos, se encontraban prácticamente solo. La calumnia, la difamación y
falsos cargos difundidos organizadamente por los cuatro vientos ya habían
tomado cuerpo en la esfera del público, casi nunca comprensible.
El burgomaestre Arana Zumaeta tenía recelo de
salir hasta de su propia oficina. Por lo menos eso percibí al ver varias
portaviandas y botellas de agua gaseosa, que se encontraban sobre su amplio
escritorio de madera.
Indefectiblemente, “los hombres públicos
tienen que someterse a la investigación de los medios de la prensa”
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