sábado, 28 de julio de 2018

ESCUDRIÑANDO LAS ESCRITURAS


ESCUDRIÑANDO LAS ESCRITURAS


E
l paradigma del paraíso y la vida eterna me motivó a ingresar a un Instituto Bíblico con el propósito de aprender a vivir la vida cristiana en su plenitud, y también para adquirir experiencia y conocimiento de la Biblia, y de la doctrina cristiana.

Por ende, el centro de estudios se encontraba en el aristocrático barrio de San Isidro (calle Burgos) y éramos una veintena
de jóvenes estudiantes. Digo jóvenes porque todos estábamos imbuidos del mismo concepto espiritual que efectivamente rejuvenece, aunque a decir verdad había entre nosotros varios adultos, jefes de familia.

Es así que, para entonces, mi hermano mayor de nombre Wilfredo, quien era dado a escribir poesías y que integraba las fuerzas policiales en Lima, con especial esmero me prodigaba cierta clase de apoyo. Era como si Dios hubiera preparado todo este proceso. Dentro de la Institución existían reglamentos hasta para los mínimos detalles y todos nos conllevábamos con muy buena disposición. Imperaba la pulcritud, el orden y el respeto mutuo. En el trato cordial y cumplimiento de obligaciones nadie era más. Nos absteníamos de tratar cuestiones políticas y otras frivolidades.

Por consiguiente, los quehaceres domésticos los compartíamos en forma mancomunada y rotativa; tales como la compra de víveres en los mercados, aseo general del edificio que era de dos plantas, cuidado del gallinero, jardín, biblioteca y enseres en general, con excepción de la cocina que estaba a cargo del hermano Mario, cuyos modales de fineza excedían de lo común.

Entretanto, un vehículo que en parte estaba a nuestra disposición, pues era llamado “carro del instituto”, presentaba un lustre casi exagerado, por el esmerado cuidado que le prodigábamos. Tan bien el servir los alimentos y lavar los utensilios eran deberes que se compartían entre nosotros. Allí todo era de cuidar muy bien, porque cada objeto hablaba por si de su costo precio. Disponíamos de una olla de
presión que era usada para que los huesos y cáscaras de frutas se convirtieran en exquisitas mazamorras que eran parte del menú institutivo.

Por lo tanto, había agua y luz a discreción, también numerosos enchufes para planchas, radios, ventiladores y hasta para máquinas de afeitar que algunos de los estudiantes disponían. Entonces no había televisión. El teléfono era para uso exclusivo del Director y los profesores; los alumnos, solo podían disponer de él para llamadas excepcionales. El edificio era de estructura moderna y lleno de comodidades. Un enorme piano daba muy buena impresión en la sala de recibo. Así también un pabellón aparte, pero dentro de la misma área de terreno, era ocupado por el Director y su familia. La Dirección estaba a cargo del Rvdo. Pablo Roff; la Subdirección recaía en el Pastor Juan Ritchie; como Consejero y Asesor el escritor y orador español Manuel Garrido Aldama.

Por otro lado, el personal docente arribaba de Lima a la hora de dictar los cursos a su cargo. Un Comité Especial tenía a su cargo la provisión de recursos para el sostenimiento del “Instituto Bíblico Peruano”, que así era llamado ese centro de estudios y capacitación de obreros evangélicos.

Lamentablemente, no es cuestión de cucufatería, sino conciencia de reconocimiento de que cuando los hombres se esfuerzan para acercarse a Dios el Todopoderoso Jehová, el adversario común de todas las cosas buenas, contra la lógica, se esmera en oponerse y motivar circunstancias adversas, por lo que tuvimos que hacer frente a trances violentos y difíciles por consecutivas veces. Las soluciones llegaban cuando doblegábamos las rodillas y se elevaban incesantes plegarias y eran derramadas lágrimas calurientas, pues las luchas eran de carácter espiritual. Efectivamente el triunfo y la victoria llegaban en su exacta oportunidad, pues nuestra confianza estaba depositada en el Dios de los que viven y tienen la promesa: “No te dejaré, ni te desampararé”.

Ciertamente, en cuanto al origen de los estudiantes allí presentes, procedíamos de las tres regiones del país; nos acompañaba también un hermano natural de Bolivia de apellido Gálvez. Este, con los hermanos Alejandro Tuesta López, natural de Moyobamba; Abrahán de Ita y Saúl Barrera Cayetano del centro, cursaban los últimos años de estudios superiores. La “carrera” tenía dos etapas. Curso de intermedio,
consistente de dos años de internado, por un año de prueba y Curso superior, consistente en tres años más de internado por el resto de la vida sometido a prueba.

Ahora bien aconteció que, Juan Sifuentes Huamanchumo y Domingo Ojeda Cornejo, eran porteños de pura sepa, uno era de Huanchaco y el otro de Mollendo; Alberto López Mattos era “charapa” de contamana; Félix Calle Muñoz, “characato”. Sobrado, Rosales, Camacho, Gálvez, Barrera y  Panduro eran “shucos” es decir de la sierra. Velásquez era del sur chico y de descendencia mulata y tenía rasgos de niño en la totalidad de sus tratos, no obstante que entre todos los allí presentes era el más alto. Un joven que recientemente había abandonado el sacerdocio católico, también se encontraba asimilado entre nosotros, apellidaba Espinoza y mostraba una miopía muy pronunciada; era doctor en letras y con manifiestas cualidades de educador.

Además, en realidad, las comidas que se servían diariamente eran para satisfacer todos los gustos. En consecuencia, entre los estudiantes había profesionales radiotécnicos, choferes, ebanistas, maestros de escuela, contadores, gráficos, profesores de inglés, agricultores, granjeros, enfermeros, etc., cuyos conocimientos los poníamos al servicio de la comunidad, cuando así lo demandaban las circunstancias.

Lamentablemente, todos estábamos imbuidos del propósito de capacitarnos para irradiar mejor nuestro servicio al pueblo y de esta manera sea convertido en realidad inmediata el imperioso y poético lema “El Perú para Cristo”.

Por desgracia, el reglamento interior del Instituto establecía la prohibición de visitas femeninas, sobre todo en horas de la noche. Algunos de los estudiantes pasaban medianoche en la calle. Esto se delataba en el desarrollo de las clases cuando el sueño les absorbía y dominaba. Antes y después de todo éramos hombres funcionales. Para no dar lugar a malas interpretaciones, debo aclarar que algunos de los estudiantes eran jefes de familia y de hogares constituidos.

Entretanto, es así que, la vida interna se desarrollaba de la siguiente manera:

De  6  a  7 a.m.      Aseo y cumplimiento de obligaciones caseras.
De  7  a  8 a.m.     Meditación y desayuno.
De  9  a 12 m.       Clases con intervalos de diez
                               minutos para servirnos refrigerio.
De 12  a  1 p.m.    Almuerzo.
De  1  a  3 p.m.     Ordenamiento de deberes y siesta.
De  3  a  5 p.m.     Clases.
De  5  a  6 p.m.     Gimnasia.
De  6  a  7 p.m.     Comida.
De  7  a  10 p.m.   Concurrencia a la biblioteca con media hora de       oración conjunta en el salón de actos; testimonios y exposición de  experiencias.

Finalmente, los días Domingo, luego del desayuno especial y la oración unida, recibíamos una modesta propina de parte del Director, nos despedíamos hasta reencontrarnos a eso de la media noche, pues todos nos dispersábamos por diferentes sectores de Lima y Balnearios  esparciendo los bagajes adquiridos como estudiantes de la Biblia.

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