ESCUDRIÑANDO
LAS ESCRITURAS
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l paradigma del paraíso y la vida eterna me motivó a ingresar a
un Instituto Bíblico con el propósito de aprender a vivir la vida cristiana en
su plenitud, y también para adquirir experiencia y conocimiento de la Biblia , y de la doctrina
cristiana.
Por ende, el centro de estudios se
encontraba en el aristocrático barrio de San Isidro (calle Burgos) y éramos una
veintena
de jóvenes estudiantes. Digo jóvenes porque todos estábamos
imbuidos del mismo concepto espiritual que efectivamente rejuvenece, aunque a
decir verdad había entre nosotros varios adultos, jefes de familia.
Es así que, para entonces, mi hermano
mayor de nombre Wilfredo, quien era dado a escribir poesías y que integraba las
fuerzas policiales en Lima, con especial esmero me prodigaba cierta clase de
apoyo. Era como si Dios hubiera preparado todo este proceso. Dentro de la Institución existían
reglamentos hasta para los mínimos detalles y todos nos conllevábamos con muy
buena disposición. Imperaba la pulcritud, el orden y el respeto mutuo. En el
trato cordial y cumplimiento de obligaciones nadie era más. Nos absteníamos de
tratar cuestiones políticas y otras frivolidades.
Por consiguiente, los quehaceres
domésticos los compartíamos en forma mancomunada y rotativa; tales como la
compra de víveres en los mercados, aseo general del edificio que era de dos
plantas, cuidado del gallinero, jardín, biblioteca y enseres en general, con
excepción de la cocina que estaba a cargo del hermano Mario, cuyos modales de
fineza excedían de lo común.
Entretanto, un vehículo que en parte
estaba a nuestra disposición, pues era llamado “carro del instituto”,
presentaba un lustre casi exagerado, por el esmerado cuidado que le
prodigábamos. Tan bien el servir los alimentos y lavar los utensilios eran
deberes que se compartían entre nosotros. Allí todo era de cuidar muy bien,
porque cada objeto hablaba por si de su costo precio. Disponíamos de una olla
de
presión que era usada para que los huesos y cáscaras de frutas
se convirtieran en exquisitas mazamorras que eran parte del menú institutivo.
Por lo tanto, había agua y luz a
discreción, también numerosos enchufes para planchas, radios, ventiladores y
hasta para máquinas de afeitar que algunos de los estudiantes disponían.
Entonces no había televisión. El teléfono era para uso exclusivo del Director y
los profesores; los alumnos, solo podían disponer de él para llamadas
excepcionales. El edificio era de estructura moderna y lleno de comodidades. Un
enorme piano daba muy buena impresión en la sala de recibo. Así también un
pabellón aparte, pero dentro de la misma área de terreno, era ocupado por el
Director y su familia. La
Dirección estaba a cargo del Rvdo. Pablo Roff; la Subdirección recaía
en el Pastor Juan Ritchie; como Consejero y Asesor el escritor y orador español
Manuel Garrido Aldama.
Por otro lado, el personal docente
arribaba de Lima a la hora de dictar los cursos a su cargo. Un Comité Especial
tenía a su cargo la provisión de recursos para el sostenimiento del “Instituto
Bíblico Peruano”, que así era llamado ese centro de estudios y capacitación de
obreros evangélicos.
Lamentablemente, no es cuestión de
cucufatería, sino conciencia de reconocimiento de que cuando los hombres se
esfuerzan para acercarse a Dios el Todopoderoso Jehová, el adversario común de
todas las cosas buenas, contra la lógica, se esmera en oponerse y motivar
circunstancias adversas, por lo que tuvimos que hacer frente a trances
violentos y difíciles por consecutivas veces. Las soluciones llegaban cuando
doblegábamos las rodillas y se elevaban incesantes plegarias y eran derramadas
lágrimas calurientas, pues las luchas eran de carácter espiritual.
Efectivamente el triunfo y la victoria llegaban en su exacta oportunidad, pues
nuestra confianza estaba depositada en el Dios de los que viven y tienen la
promesa: “No te dejaré, ni te desampararé”.
Ciertamente, en cuanto al origen de los
estudiantes allí presentes, procedíamos de las tres regiones del país; nos
acompañaba también un hermano natural de Bolivia de apellido Gálvez. Este, con
los hermanos Alejandro Tuesta López, natural de Moyobamba; Abrahán de Ita y
Saúl Barrera Cayetano del centro, cursaban los últimos años de estudios
superiores. La “carrera” tenía dos etapas. Curso de intermedio,
consistente de dos años de internado, por un año de prueba y
Curso superior, consistente en tres años más de internado por el resto de la
vida sometido a prueba.
Ahora bien aconteció que, Juan Sifuentes
Huamanchumo y Domingo Ojeda Cornejo, eran porteños de pura sepa, uno era de
Huanchaco y el otro de Mollendo; Alberto López Mattos era “charapa” de
contamana; Félix Calle Muñoz, “characato”. Sobrado, Rosales, Camacho, Gálvez,
Barrera y Panduro eran “shucos” es decir
de la sierra. Velásquez era del sur chico y de descendencia mulata y tenía
rasgos de niño en la totalidad de sus tratos, no obstante que entre todos los
allí presentes era el más alto. Un joven que recientemente había abandonado el
sacerdocio católico, también se encontraba asimilado entre nosotros, apellidaba
Espinoza y mostraba una miopía muy pronunciada; era doctor en letras y con
manifiestas cualidades de educador.
Además, en realidad, las comidas que se
servían diariamente eran para satisfacer todos los gustos. En consecuencia, entre los estudiantes
había profesionales radiotécnicos, choferes, ebanistas, maestros de escuela,
contadores, gráficos, profesores de inglés, agricultores, granjeros,
enfermeros, etc., cuyos conocimientos los poníamos al servicio de la comunidad,
cuando así lo demandaban las circunstancias.
Lamentablemente, todos estábamos imbuidos
del propósito de capacitarnos para irradiar mejor nuestro servicio al pueblo y
de esta manera sea convertido en realidad inmediata el imperioso y poético lema
“El Perú para Cristo”.
Por desgracia, el reglamento interior del
Instituto establecía la prohibición de visitas femeninas, sobre todo en horas
de la noche. Algunos de los estudiantes pasaban medianoche en la calle. Esto se
delataba en el desarrollo de las clases cuando el sueño les absorbía y
dominaba. Antes y después de todo éramos hombres funcionales. Para no dar lugar
a malas interpretaciones, debo aclarar que algunos de los estudiantes eran
jefes de familia y de hogares constituidos.
Entretanto, es así que, la vida interna
se desarrollaba de la siguiente manera:
De
6 a 7
a .m. Aseo y cumplimiento de obligaciones
caseras.
De 7 a 8 a.m. Meditación y desayuno.
De 9 a 12 m . Clases
con intervalos de diez
minutos para servirnos refrigerio.
De 12 a 1
p.m. Almuerzo.
De 1
a 3 p.m. Ordenamiento de deberes y siesta.
De 3
a 5 p.m.
Clases.
De 5
a 6 p.m. Gimnasia.
De 6
a 7 p.m. Comida.
De
7 a 10 p.m. Concurrencia a la biblioteca con media hora
de oración conjunta en el salón de
actos; testimonios y exposición de
experiencias.
Finalmente, los días Domingo, luego del
desayuno especial y la oración unida, recibíamos una modesta propina de parte
del Director, nos despedíamos hasta reencontrarnos a eso de la media noche,
pues todos nos dispersábamos por diferentes sectores de Lima y Balnearios esparciendo los bagajes adquiridos como
estudiantes de la Biblia.
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