UN CAMBIO INESPERADO
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egresé la Lima Virreinal ! La capital del Perú que, tiene un fuerte
atractivo para absorber con su ambiente repleto de apresuramientos mundanos, a
los que hacen su arribo de las provincias. El cambio metamórfico en lo mínimo
les afecta y antes bien les resulta favorable.
Ante ello, me esforzaba sobremanera para
llegar a ser un eslabón más de ese mundo artificial paradójicamente saturado de
grandezas y miserias. A Lima llegué por segunda vez para cumplir comisiones y
me quedé varios años viviendo y auscultando los avatares de la ciudad que
fundara el español Francisco Pizarro.
Entretanto, me ganaba el pan, trabajando
como gráfico en la Imprenta
y Editora “Minerva”, regentada por el maestro Víctor Abanto Perales, que
entonces funcionaba en la calle Sagástegui del Jirón Abancay. Allí me informé
personalmente de la obra del insigne José Carlos Mariátegui, dado que esa casa
editora era de propiedad de la Familia Mariátegui.
No obstante, la caduca Constitución tenía
señalado el periodo para cada Presidente electo, en este pequeño lapso de
provinciano alimeñado se sucedieron como una docena de Presidentes de la República. Unos
permanecieron muy pocos días en Palacio, otros pernoctaron algo más del tiempo
asignado. Tiranos y dictadores siempre los ha habido.
Es así que, lamentablemente, “el pueblo”,
clamaba, opinaba, exigía y se desesperaba; pero el poder capitalista en manos
de la corrupta oligarquía, lo dominaba todo. Imperaba la incertidumbre, por no
decir la anarquía; pues hasta los muchachos Guadalupanos y Ugartinos, las
veces que deseaban se adueñaban de las calles de la ciudad y los vecinos del
Norte se aprestaban a marchar sobre Tumbes, Jaén y Maynas.
Por consiguiente, estaban en plena
vigencia los eslóganes “Juventud prepárate para la lucha y no para el placer”,
“Viejos a la tumba, jóvenes a la obra”. Pero al revés de la moneda revelaba que
mayoritariamente nuestra juventud no tenía la madurez cívica – patriótica y
ciegamente se lanzaba a la lucha callejera. Lucha de barricadas, desempedrando
veredas y destruyendo carpetas.
Mientras tanto, ya estaba hastiado de la
abrupta hipocresía imperante, ya que los oradores políticos de academia y de
plazuelas emitían arengas de contenido redentor, pero ante la luz del día
actuaban de manera absurda, mi vida se tornó en un campo de batalla entre el
bien y el mal.
Por desgracia, a eso de las nueve de la
noche del 15 de Abril de 1945, mientras me dirigía a mis aposentos con los ojos
humedecidos por efecto de los gases lacrimógenos, luego de espectar uno de los
cotidianos mítines obrero-estudiantil que se había desarrollado en el Parque
Universitario con las arengas de Luciano Castillo entre otros; que al pasar por
el jirón Pachitea (calle Mandamientos Nº 360), muy seriamente me llamó la
atención un nutrido grupo de personas que sobrepasaba el ancho de la vereda.
Estaba informado que en ese lugar había un local religioso, pero nunca había
reparado detenidamente en lo que se decía en su interior.
Por ende, hablando con la solemnidad de
hombre serio, debo decir que mi creencia religiosa hasta ese momento, estaba
cimentada en la práctica incompleta de ciertos actos de fe.
En verdad, no encontraba donde apoyar mi
vida espiritual y empecé a dudar de la religión, de la iglesia, de las imágenes
y de los curas. Algunos dogmas los tenía como aprendidos, pero no llegué a
comprenderlos satisfactoriamente y mis ideas eran confusas; y la lucha interna
de creer y no creer se tornaba más fuerte que mi fe intelectual.
Por lo tanto, fue entonces estando dentro
del grupo, vi rotulado el siguiente escrito: “Iglesia Evangélica Peruana” y
otro que decía “Predicamos a Cristo Crucificado”. Todos los asientos se
encontraban ocupados y un hombre fornido, vestido con pantalón color negro y en
mangas de camisa blanca, predicaba desde un púlpito. Otro interpretaba del
inglés al castellano. Por medio de un volante que me entregaron quedé informado
que el orador tenía por nombre Lester Sanrall. Mi lugar era un paso al interior
de la puerta principal, así como otras tantas personas que pugnaban por hacer
su ingreso. En ese momento yo me encontraba desposeído de todo apotegma,
dueño de mi mismo, con el sano concepto de que todas las gentes desde que
vienen a este mundo, están en la libertad de vivir a su manera. Libres de
prejuicios sociales, políticos y religiosos, y que Dios, único Ser Supremo,
debe ser adorado y reconocido con absoluta disposición personal, conforme la
sugiere el filósofo Kant en su meritoria obra “Critica de la razón pura”.
Por la cual, reitero que mi estada en ese
recinto era la de un circunstancial y ávido observador. Me interrogaba a mí
mismo, ¿qué era aquello de “Iglesia Evangélica Peruana”?, ¿habrá un evangelio
para cada país? Y al fin, ¿qué significaba el evangelio?.
Por mi parte, con anterioridad, había
constatado en los diccionarios que el evangelio es la doctrina que Cristo
predicó a los hombres. También traía a mi memoria, en ese momento, el contenido
de la obra “Las Religiones Comparadas”, que así mismo antes había leído, en vía
de información.
Entretanto, el orador, hombre
relativamente joven, de atractiva presencia, de carácter fuerte, sin complejos ni
inhibiciones, con gran facilidad de palabra, con poder de persuasión, con grave
tono de voz, de mirada penetrante, con una sonrisa burlona, con incisivo
sentido del humor y aire de suficiencia, continuaba exponiendo su mensaje con
absoluto dominio, fluidez y pasión, a la par que yo lo escuchaba con toda
frialdad y recelo. El orador hablaba y hablaba sobre un tema que el mundo no es adicto a escuchar; pues hablaba de Dios y era como
si Dios hablará por la boca del orador, acompañado de un himno devocional de un
selecto coro de jóvenes y señoritas.
Ante aquello, yo analizaba si había
concordancia en lo que decía el rótulo y lo que decía el orador. Ese orador de
rostro radiante, como si fuera fruto de los mejores jabones y colirios de
droguería. Fue en ese momento que una especie de fuego en mi interior empezó a
quemar todos mis argumentos y orgullo personal, al haber sostenido que era
“dueño de mi mismo”. Sentí como si todas mis justicias no eran más que simples
trapos de inmundicia, y todo mi cuerpo una podrida llaga moral.
En consecuencia, ese fuego interior me
convenció de mi fragilidad en este mundo comparada con la eternidad que Dios
tiene prometida. Confieso que no pude soportar un momento más ese llamado que
comprometía la conciencia, la mente, el corazón y los principios. Una cordial
invitación de parte del orador para que levanten la mano, en señal de quienes
querían recibir a Cristo como su Salvador personal, me indujo a manifestarme
con todo aplomo: “Yo quiero”. Otras quince personas hicieron lo mismo. Siempre
recordaré que fue un día 14 de Abril que mi vida alteró su rumbo, tal como
sucedió con el “inundible” Titanic en esa misma fecha del año 1912 que cambió
el curso de su recorrido.
Súbitamente, ya en mi cuarto me sentí
impelido a conversar a solas con Dios, tal como lo hizo aquel soldado
desconocido en pleno campo de batalla. Yo le expuse tantos asuntos de mi vida y
sin recato le pedí perdón por mi ingratitud y mi alejamiento. Simultáneamente
sentí una forma de familiaridad con lo divino. Algo así como si Dios entendiera
y comprendiera mis afanes, mis cuitas, mis inquietudes, mis sufrimientos, mis
ansias y esperanzas que hasta entonces las había depositado en lo efímero y
transitorio. Allí mismo sobrevino la luz, la paz y la seguridad. Todo aquello
que con anterioridad había buscado en los escombros de la materia y el
raciocinio.
Finalmente, mis ingresos económicos me
ayudaban a vivir sin mayores ajetreos y cada fin de semana efectuaba viaje al
norte para estar con mis familiares que vivían en Trujillo y Chiclayo. Con ellos me esforzaba en compartir esta nueva experiencia de mi
vida y me regocijó que supieron darle buena interpretación y asequible acogida.
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