sábado, 21 de julio de 2018

POR CULPA DEL NATALICIO DEL“JEFE”


POR CULPA DEL

NATALICIO DEL“JEFE”


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nsólito! ¡Es increíble, todavía no lo puedo creer! Sucedió en Trujillo en vísperas de uno de los tantos cumpleaños del fundador del APRA, o sea el llamado “día de la fraternidad”. Las autoridades implantaron en la ciudad el “toque de queda”, de las seis de la tarde a las seis de la mañana del día siguiente. Los numerosos apristas se empecinaron en llevar a cabo lo que tenían preparado, cualquiera que fueran las consecuencias, se aprestaban a celebrar la fecha en forma fastuosa, quemando fuegos artificiales, lanzando bombas “molotov”, petardos y cachiporras y por supuesto arengas y discursos.

Asimismo, aquel día, víspera del cumpleaños del “jefe”, 21 de febrero de 1943, la ciudad se inundo de volantes de contenido doctrinario, las paredes pintarrajeadas y las calles sucias, tal como sucedía cuando eran quemados los cañaverales de las haciendas adyacentes “Santa Rosa” y “El Cortijo”.

Entretanto, el gobierno estaba firmemente decidido a desarraigar y acabar con esa peculiar costumbre de celebrar cumpleaños, ocupando plazas públicas; por lo que dispuso para ese día la prohibición de reuniones, aunque estas fueran familiares.

En estas circunstancias, yo, nada tenía que ver con el asunto, aunque para mis adentros y como trujillano, sentía ascendencia de simpatía por el APRA; repito, que ese día como nunca antes se me ocurrió acudir al local evangélico de la Misión Bautista con el propósito de pintar las bancas, por lo que me dirigí con una lata de pintura y un par de brochas.

No obstante, la fatalidad me esperaba. Una vez terminada mi labor de beneficencia espiritual y siendo más o menos las nueve de la noche, me retiraba a casa “con la conciencia tranquila”. Ya en la calle y al dar los primeros pasos, varios miembros de la B. Benemérita Guardia Civil me apabullaron a golpes sin darme ninguna explicación. En mi desesperado intento por defenderme, tire por los suelos la lata de pintura y las brochas, pero todo resultó inútil. Allí se impuso la lógica sumaria de los bárbaros que es “quien pega más fuerte y apunta mejor”.
A viva fuerza me condujeron al puesto policial del jirón Ayacucho.

¡Increíble! ¿Qué estaba ocurriendo? Yo me encontraba desprovisto de la razón que obligaba a actuar de esa manera, casi bestial de las llamadas fuerzas del orden; pues cuanto más protestaba por el atropello a mi persona, tanto más se aumentaba sobre mi cuerpo la llovizna de palos. En el camino se me acusó de ser “búfalo” propagandista. Me contuve en silencio y compungido con la esperanza de que la razón tendría que salir a relucir. “Al mal tiempo, buena cara”, me dije.
Es así que, el ambiente era tétrico y sombrío. Las calles estaban vacías y tristes. Solamente elementos policiales circundaban con premura, como en busca de algo valioso. En el despacho policial no me atendieron como esperaba, antes, en forma violenta rebuscaron los bolsillos y me obligaron a quitarme los pasadores de mis zapatos y el cinturón, también me despojaron de mi reloj y unas cuantas monedas. Me pusieron en un calabozo que ya se encontraba por reventar de tanta gente en su interior. Los allí presentes hacíamos turno para llegar a las rejas de la única puerta para respirar aire aunque si bien era cierto no tenía nada de puro, servía por lo menos para mitigar el bochorno imperante en los cuatro costados de esa inmunda celda. Y tal como dejó dicho César Vallejo de que el peor momento de su vida fue cuando lo pasó en un presidio del Perú; yo digo lo mismo.

Aún más, intencionalmente la policía hacia ingresar a conocidos maleantes para provocar desórdenes entre los allí indefensos, detenidos, como era el caso de mi apachurrada persona. Esa interminable noche, víspera del cumpleaños de Haya de la Torre, la pasé de pie, como gallo y totalmente despierto ya que resultaba imposible mantenerse de otra manera.

¡Qué ironía! Estaba recibiendo un trato déspota y tirano. Al día siguiente a eso de las nueve de la mañana empezaron a pasar lista. Al escuchar mi nombre hasta por tres veces, me repulsaba decir “presenté”, por cuanto nada malo había cometido para encontrarme en el recinto policial. Cuando observé la seria preocupación que mostraba en el rostro el obeso custodio que llamaba lista, contesté a viva voz: “aquí estoy”. Esa clase de machismo brotado involuntariamente, me valió una fuerte patada en el sentadero, que lo recibí con resignación. Entre tanto mis “colegas de martirio”, se reían a grandes carcajadas. La mayoría de los allí presentes, según propia confesión, nada tenían que ver con el “Día de la Confraternidad”.

En consecuencia, indefectiblemente, me dirigieron ante un superior que calificaba, éste era más obeso que el primero. Allí me pidieron que describa mi descargo, o sea que era lo que estaba haciendo en el momento que fui capturado. Así lo hice, las miradas del Sargento calificador, me obligaba pensar que no  daba crédito a mis palabras y entonces me apostrofó este calificativo que yo de inmediato rechacé. Me dijo “pedazo de apristón, parece que has aprendido muy bien la lección de eludir tu responsabilidad”.

¡Paradójicamente! En realidad qué contradicción, pero al fin de cuentas salí de ese embrollo, o mejor dicho, me despidieron con la advertencia de que nunca más debería entrometerme en politiquería.

¡Increíble! ¿verdad? Todo fue que al ser portador de una lata de pintura y un par de brochas, los custodios supusieron que yo me abocaba a pintarrajear las paredes con lemas apristas.

¿Cuál era la prueba del delito? Ninguna. La confrontación de las bancas acabadas de pintar con la pintura que me encontraron, más el testimonio del Pastor de la Iglesia Bautista, Edward Rossett, aligeraron el establecimiento de mi inocencia y por supuesto la obtención incondicional de mi ansiada libertad.

Por lo tanto, desde entonces a la fecha, siempre me acuerdo de lo sucedido cuando se avecina el ya tradicional “Día de la Fraternidad” de los compañeros apristas y que tiene significado anecdotario en mis memorias.

EN UNA AVENTURA ANTERIOR CASI ME ARRANCAN UNA OREJA Y DE YAPA RECIBÍ MEDIA DOCENA DE AZOTES
Por supuesto, las travesuras a veces cuesta caro, es por ello, que dejo constancia  que, con anterioridad, mejor dicho cuando cursaba mis años primarios de estudios, en Magdalena de Cao (Valle Chicama) un día sábado, al finalizar las clases de la semana, a medio día y previa limpieza de los salones, puse en mis bolsillos todas las tizas sobrantes y en el trayecto a casa me aboque a pintar las paredes a lo largo de un kilómetro, con lemas ya conocidos como “Viva el APRA”, “Haya o no haya, Haya será”. “Solo el aprismo salvará al Perú”, “Abajo el imperialismo Yanqui” “Los viejos a la tumba, los jóvenes a la lucha”, “Víctor Raúl”, “Víctor Raúl”, “Víctor Raúl”..., etc., etc. Y satisfecha mi aventura de muchacho, quedé tranquilo hasta el domingo. El Lunes al ingresar a la escuela, fresco como una lechuga, el señor director, Don Ulises Ciudad, con su cara adusta me esperaba en la puerta y tomándome de la oreja me condujo a la Dirección. No había puerta de escape y confesé mi culpa con todo aplomo. No comprometí a nadie y como premio recibí media docena de azotes con vara de membrillo.

En conclusión, nunca más he vuelto a repetir esta clase de odiseas, que dicho sea de paso, la aventura en mención la cometí en compañía de mi hermano Wilfredo. Digo travesura, porque lo que hice no fue por convicción, sino por intuición.

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