POR
CULPA DEL
NATALICIO
DEL“JEFE”
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¡I
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nsólito! ¡Es increíble, todavía no lo puedo creer! Sucedió en
Trujillo en vísperas de uno de los tantos cumpleaños del fundador del APRA, o
sea el llamado “día de la fraternidad”. Las autoridades implantaron en la
ciudad el “toque de queda”, de las seis de la tarde a las seis de la mañana del
día siguiente. Los numerosos apristas se empecinaron en llevar a cabo lo que
tenían preparado, cualquiera que fueran las consecuencias, se aprestaban a
celebrar la fecha en forma fastuosa, quemando fuegos artificiales, lanzando
bombas “molotov”, petardos y cachiporras y por supuesto arengas y discursos.
Asimismo, aquel día, víspera del
cumpleaños del “jefe”, 21 de febrero de 1943, la ciudad se inundo de volantes
de contenido doctrinario, las paredes pintarrajeadas y las calles sucias, tal
como sucedía cuando eran quemados los cañaverales de las haciendas adyacentes
“Santa Rosa” y “El Cortijo”.
Entretanto, el gobierno estaba firmemente
decidido a desarraigar y acabar con esa peculiar costumbre de celebrar
cumpleaños, ocupando plazas públicas; por lo que dispuso para ese día la
prohibición de reuniones, aunque estas fueran familiares.
En estas circunstancias, yo, nada tenía
que ver con el asunto, aunque para mis adentros y como trujillano, sentía
ascendencia de simpatía por el APRA; repito, que ese día como nunca antes se me
ocurrió acudir al local evangélico de la Misión Bautista
con el propósito de pintar las bancas, por lo que me dirigí con una lata de
pintura y un par de brochas.
No obstante, la fatalidad me esperaba.
Una vez terminada mi labor de beneficencia espiritual y siendo más o menos las
nueve de la noche, me retiraba a casa “con la conciencia tranquila”. Ya en la
calle y al dar los primeros pasos, varios miembros de la B. Benemérita
Guardia Civil me apabullaron a golpes sin darme ninguna explicación. En mi
desesperado intento por defenderme, tire por los suelos la lata de pintura y
las brochas, pero todo resultó inútil. Allí se impuso la lógica sumaria de los
bárbaros que es “quien pega más fuerte y apunta mejor”.
A viva fuerza me condujeron al puesto
policial del jirón Ayacucho.
¡Increíble! ¿Qué estaba ocurriendo? Yo me
encontraba desprovisto de la razón que obligaba a actuar de esa manera, casi
bestial de las llamadas fuerzas del orden; pues cuanto más protestaba por el
atropello a mi persona, tanto más se aumentaba sobre mi cuerpo la llovizna de
palos. En el camino se me acusó de ser “búfalo” propagandista. Me contuve
en silencio y compungido con la esperanza de que la razón tendría que salir a
relucir. “Al mal tiempo, buena cara”, me dije.
Es así que, el ambiente era tétrico y
sombrío. Las calles estaban vacías y tristes. Solamente elementos policiales
circundaban con premura, como en busca de algo valioso. En el despacho policial
no me atendieron como esperaba, antes, en forma violenta rebuscaron los
bolsillos y me obligaron a quitarme los pasadores de mis zapatos y el cinturón,
también me despojaron de mi reloj y unas cuantas monedas. Me pusieron en un
calabozo que ya se encontraba por reventar de tanta gente en su interior. Los
allí presentes hacíamos turno para llegar a las rejas de la única puerta para
respirar aire aunque si bien era cierto no tenía nada de puro, servía por lo
menos para mitigar el bochorno imperante en los cuatro costados de esa inmunda
celda. Y tal como dejó dicho César Vallejo de que el peor momento de su vida
fue cuando lo pasó en un presidio del Perú; yo digo lo mismo.
Aún más, intencionalmente la policía
hacia ingresar a conocidos maleantes para provocar desórdenes entre los allí
indefensos, detenidos, como era el caso de mi apachurrada persona. Esa
interminable noche, víspera del cumpleaños de Haya de la Torre , la pasé de pie, como
gallo y totalmente despierto ya que resultaba imposible mantenerse de otra
manera.
¡Qué ironía! Estaba recibiendo un trato
déspota y tirano. Al día siguiente a eso de las nueve de la mañana empezaron a
pasar lista. Al escuchar mi nombre hasta por tres veces, me repulsaba decir
“presenté”, por cuanto nada malo había cometido para encontrarme en el recinto
policial. Cuando observé la seria preocupación que mostraba en el rostro el
obeso custodio que llamaba lista, contesté a viva voz: “aquí estoy”. Esa
clase de machismo brotado involuntariamente, me valió una fuerte patada en el
sentadero, que lo recibí con resignación. Entre tanto mis “colegas de
martirio”, se reían a grandes carcajadas. La mayoría de los allí presentes,
según propia confesión, nada tenían que ver con el “Día de la Confraternidad ”.
En consecuencia, indefectiblemente, me
dirigieron ante un superior que calificaba, éste era más obeso que el primero.
Allí me pidieron que describa mi descargo, o sea que era lo que estaba haciendo
en el momento que fui capturado. Así lo hice, las miradas del Sargento
calificador, me obligaba pensar que no
daba crédito a mis palabras y entonces me apostrofó este calificativo
que yo de inmediato rechacé. Me dijo “pedazo de apristón, parece que has
aprendido muy bien la lección de eludir tu responsabilidad”.
¡Paradójicamente! En realidad qué
contradicción, pero al fin de cuentas salí de ese embrollo, o mejor dicho, me
despidieron con la advertencia de que nunca más debería entrometerme en
politiquería.
¡Increíble! ¿verdad? Todo fue que al ser
portador de una lata de pintura y un par de brochas, los custodios supusieron
que yo me abocaba a pintarrajear las paredes con lemas apristas.
¿Cuál era la prueba del delito? Ninguna.
La confrontación de las bancas acabadas de pintar con la pintura que me
encontraron, más el testimonio del Pastor de la Iglesia Bautista ,
Edward Rossett, aligeraron el establecimiento de mi inocencia y por supuesto la
obtención incondicional de mi ansiada libertad.
Por lo tanto, desde entonces a la fecha,
siempre me acuerdo de lo sucedido cuando se avecina el ya tradicional “Día de la Fraternidad ” de los
compañeros apristas y que tiene significado anecdotario en mis memorias.
EN UNA AVENTURA ANTERIOR CASI ME ARRANCAN UNA OREJA Y
DE YAPA RECIBÍ MEDIA DOCENA DE AZOTES
Por supuesto, las travesuras a veces
cuesta caro, es por ello, que dejo constancia
que, con anterioridad, mejor dicho cuando cursaba mis años primarios de
estudios, en Magdalena de Cao (Valle Chicama) un día sábado, al finalizar las
clases de la semana, a medio día y previa limpieza de los salones, puse en mis
bolsillos todas las tizas sobrantes y en el trayecto a casa me aboque a pintar
las paredes a lo largo de un kilómetro, con lemas ya conocidos como “Viva el
APRA”, “Haya o no haya, Haya será”. “Solo el aprismo salvará al Perú”, “Abajo
el imperialismo Yanqui” “Los viejos a la tumba, los jóvenes a la lucha”,
“Víctor Raúl”, “Víctor Raúl”, “Víctor Raúl”..., etc., etc. Y satisfecha mi
aventura de muchacho, quedé tranquilo hasta el domingo. El Lunes al ingresar a
la escuela, fresco como una lechuga, el señor director, Don Ulises Ciudad, con
su cara adusta me esperaba en la puerta y tomándome de la oreja me condujo a la Dirección. No había
puerta de escape y confesé mi culpa con todo aplomo. No comprometí a nadie y
como premio recibí media docena de azotes con vara de membrillo.
En conclusión, nunca más he vuelto a
repetir esta clase de odiseas, que dicho sea de paso, la aventura en mención la
cometí en compañía de mi hermano Wilfredo. Digo travesura, porque lo que hice
no fue por convicción, sino por intuición.
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