sábado, 28 de julio de 2018

EXPERIENCIA DE COLPORTOR


EXPERIENCIA DE COLPORTOR

¡U
na paradoja y su disyuntiva de un hombre de fe en Dios! Evangélicamente se conoce con el nombre de colportor a la persona dedicada al esparcimiento de la Biblia y libros doctrinarios afines.

¡Increíble! Aunque usted no lo crea, pero sucedió en una plazoleta de Arequipa. Yo ofrecía los libros que llevaba dentro de un maletín y un caballero me preguntó que era aquello. Al referirle que se trataba de las Sagradas Escrituras, me repuso “si son Sagradas, guárdelas bien para que no les dé el sol”. Las personas que escucharon este diálogo se rieron de muy buena gana. Por mi parte, admiré su maliciosa ocurrencia.

Posteriormente, en otra oportunidad, una joven mujer muy bien vestida, me solicitó un ejemplar de las Sagradas Escrituras de la mejor calidad. De inmediato procedí a poner en sus manos un ejemplar de empaste de cuero con índice y relámpago. Al tomarla en sus manos preguntó por el precio y los pagó sin regateos, luego rasgó hoja por hoja, las páginas empezaron a caer sobre mis narices. Muchas personas observaron este acontecer que tuvo como escenario una calle céntrica de la ciudad de Arequipa. Yo, reprimiéndome silenciosamente, recogí las hojas de la Biblia para que no fuesen pisoteadas. Aprendí que el hombre que camina en integridad, es superior a todas las circunstancias.

Indefectiblemente, cierta vez avanzaba por las estrechas calles del distrito de Yurac (Arequipa). El ambiente era friolento y el sol quemaba exteriormente. De pronto, de una de las picanterías que nutrían ese sector, apareció un hombre relativamente joven, que informado de mi misión dijo que de buena gana me compraría un ejemplar de las Sagradas Escrituras, pero con la condición de que le aceptara un vaso de chicha. Se me dijo que era fresca y la acepté. El hombre cumplió su palabra adquiriendo de buena gana un ejemplar de la Biblia. Cuando ya me retiraba de ese templo de comidas y bebidas de popular reputación, cuando dos parroquianos más, salieron con idéntica fórmula, es decir que les aceptara un vaso de chicha a cada uno y que comprarían igual número de Biblias.
Créanme, por desgracia, estaba más que pensativo en la intrincada situación en que me encontraba y resuelto como norteño que soy dije para mis adentros “no hay primera sin segunda” y fueron tres enormes vasos de chicha los que me bebí. Por esos tiempos y en aquel lugar los vasos tenían la capacidad de una botella, de tal forma que yo me había ingerido nada menos que tres botellas de esa bebida que según dicen era la favorita de los Incas. Estos dos bebedores que menciono también cumplieron su palabra, cada uno adquirió una Biblia y pagó su respectivo importe. A partir de entonces ya no me quedó ganas de seguir ofreciendo la Biblia en las picanterías y me fui directamente a mi habitación. Nunca antes había sentido la manifestación del mareo por efecto de bebidas alcohólicas, aunque mareos por el “chucaque” y el “soroche” ya me eran familiares.

Lamentablemente, ante ello, me puse a pensar seriamente en el destino que tomarían esas Bíblias dejadas en manos de borrachos.

Es así que, estando de viaje con dirección a la ciudad de Puno, me detuve a trabajar en las poblaciones de Cabanillas, Juliaca, Lampa, Azángaro, Ayaviri, Putina y Huancané.

Entretanto, en uno de esos pueblos se me agotaron los recursos económicos. El frío me quemaba y el “hombre interior iba renovándose”.

Manteniendo la esperanza en medio de esa lobreguez, me sentí impulsado a dirigirme a uno de los dos hoteluchos del lugar. Al propietario le confesé mi situación y le propuse pagar con un ejemplar de la Biblia el importe del cuarto para pasar la noche. Esto lo dije más de fuerza que de ganas, conociendo de que por la fe, aun me mantenía en pie, y que de ninguna manera pretendía hacer negocio indigno de la Palabra de Dios.

Sin embargo, súbitamente aquel hombre, ya metido en años y de apariencia extranjera, muy seriamente me auscultaba, entre tanto yo proseguía con la propuesta, asido del maletín para ir a mejor lugar si la súplica no era aceptada. Luego de un corto silencio, ese hombre se expresó a sí: “Me agrada escucharle y saber que usted es sembrador de la palabra del Señor. Le ofrezco casa y comida y puede quedarse todo el tiempo que desee”.

En ese hogar fui atendido a cuerpo de rey. Eran muchos días que no había comido lo suficiente, ni en cantidad ni en calidad. Quesos, cuyes, papas arinosas, panes de cebada, abundante leche fresca, huevos y una infinidad de sabrosos potajes rebalsaron mis desnutridas tripas. Una cómoda cama con frazadas de lana de alpaca y vicuña, reconstituyeron mi cuerpo ya bastante abatido y agotado.

Por consiguiente, lo que estaba a mi alcance explicaba el contenido de las Sagradas Escrituras a esas diez personas que constituían el hogar hospitalario, quienes en todo momento me agradecían por mi oportuna llegada. A los dos días me despedí recibiendo sendos fiambres y variados objetos como regalos recordatorios. Es verdad aquello: “que nuestra obra en el Señor, no es en vano”. Dios hace las cosas mucho más abundante de lo que pedimos o entendemos.

Posteriormente, ya en Juliaca, un médico de la Clínica adventista, con suma gentileza me invitó a sostener conversación en su casa. Ese joven profesional me daba la impresión de que era un autentico fariseo. Con la Biblia en las manos argumentaba de la “triste situación de los evangelios al confiar solamente en la gracia de Dios sin acatar los mandatos de la Ley”. Yo me concentré solamente a escucharle y después de un largo rato, me puse de pie y le agradecí por su elocuente exposición y me marché. En mi cuarto, puesto de rodillas oré a Dios para que me guardara de las dudas.

Es entonces que, en el puerto Mollendo conocí a la familia Chávez Ojeda, de muy buena reputación espiritual, la que sin el menor titubeo me abrió las puertas de su hogar, tal cual lo hacían como norma de su ética cristiana, con todos sin excepción. Uno de los hijos de esa honorable familia, de nombre domingo, ingresó al Instituto Bíblico destacándose como hombre útil en las manos de Dios.

En Mollendo, mucho me llamó la atención que en cada arribo del ferrocarril procedente de Arequipa, en su habitual escala en la Joya (valle de Majes) embarcaran cientos de latas de tierra, para luego ser vendidas en dicho puerto y a buen precio. Era que la población del puerto sureño, como bien lo afirmó el ensayista Arrieta Málaga, está ubicada “sobre una roca solitaria”. Las gentes requerían con inusitada ansiedad de cualquier cantidad de tierra para usarla en el sembrío de Flores y plantas, con el fin de hacer la vida más llevadera.

Ahora bien, cuatro meses estaba ocupado en la vehemente tarea de colportor en los ávidos pueblos del sur peruana, enfrentando incontables desdenes y peligros inherentes a mi osada ambición de difundir las Sagradas Escrituras, me sirvieron de acicate para fortalecer mi fe de creyente. La palabra de Dios, edifica, renueva y fortalece a los crédulos y salva y redime a los frustrados inconversos.

Obviamente, a la Lima Virreinal retorné casi sin zapatos; cientos de kilómetros los habían traspuestos paso a paso en sincero afán de llegar al más apartado y aislado corazón humano.

¡Qué felicidad! Respecto al balance de los libros distribuidos, se me felicitó y entregó una constancia de mi labor. “Ni el que siembra ni el que riega es algo, si no el que da el fruto y el crecimiento es Dios”. Cientos de ejemplares de la Biblia y Nuevos Testamentos, así como millares de porciones puestas en manso de gente de toda índole, motiva impulsivamente a orar, como el labriego, para que la semilla germine y dé frutos buenos y abundantes.

En realidad, como bien sabemos, algunos libros informan, otros reforman, pero solo la Biblia transforma.

La Sociedad Bíblica Británica y Extranjera, entonces tenían sus oficinas en la Provincia Constitucional del Callao. (1948).   


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