UN ANGEL
SACRÍLEGO
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L
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a paradoja de un sacrílego resulta contradictorio e inverosímil,
en una sociedad sin compasión. Era un hombre altanero, incrédulo hasta de su
sombra, y se convirtió en un guiñapo humano y murió acribillado de balas sin
compasión... Precisamente, como complemento de mis habituales ocupaciones, opté
como hábito estar con disposición perenne de conversar, y admiraba sobremanera
a mis interlocutores que compartían mi misma manera de pensar. Entre estos
platicantes, viene a mi memoria uno cuyo nombre es José Ángel Madrigal. Con
esta persona sostenía amena conversación cada vez que nos encontrábamos.
Madrigal dominaba varios idiomas y decía conocer medio mundo. Era natural del
vecino país de Bolivia. Nos conocimos en Lima, en un mitin de carácter
político.
Evidentemente, cuando una vez pregunté
sobre su creencia religiosa, con la más cruda terquedad me respondió que él no
creía en nada ni en nadie. Luego con natural fluidez me hizo saber que su vida
corría peligro, pues la justicia peruana lo perseguía por haber cometido el
delito de sacrilegio. Me dijo que se encontraba sin trabajo, sin dinero y sin
ninguna persona que le inspirara confianza para solicitarle favores; el hambre
y la miseria le acosaban intermitentemente. En esa condición ingreso a una
iglesia, con la sana intención de pedir un poco de pan al cura. Pero resultó que
estando en el interior, llamó por todas partes a viva voz, no recibió respuesta
de nadie, a no ser por el eco que resonaba como la misma voz de su conciencia.
Miraba y remiraba la infinidad de imágenes que poblaban dicho templo, había
varios objetos de valor y las alcancías eran fáciles de abrir.
Lamentablemente, le sobrevino una especie
de ceguedad y se dijo así mismo, que al fin y al cabo, todo cuanto había allí
no era propiedad del cura, sino del pueblo que aportaba; sin que mediara otra
razón, empezó a cargar con todo lo que pudo. El mantel con hilos de oro que
cubría el altar donde posiblemente se acostumbraba depositar la ostia, le
sirvió para envolver el hurto.
Consecuentemente, una vez afuera, caminó
lo más rápido que pudo, para después ofrecer en venta a cualquier precio todo
cuanto había sustraído. No tardó en ser descubierto y la policía estaba tras
sus pasos. Los periódicos del lugar y de la capital, por medio de sus
corresponsales, hicieron la noticia de lo sucedido. Él con sumo sigilo hizo su
arribo a Lima, donde se ganaba la vida como “monero”, es decir confeccionando
copias y ampliaciones de fotografías a colores.
Cabe indicar que, después de este relato,
me planteó este desafío: Que si yo era un buen periodista, dijera todo cuanto
acababa de escuchar. De inmediato me hizo entrega de una pequeña tarjeta que
contenía su nombre y dirección. Este acto lo conceptué como un disparate y
mirándole con renuencia sopesaba el reto. Lo de buen periodista era algo
secundario. Todo esto trascurrió en el interior de un salón de café de una
céntrica calle limeña. Al querer dar por terminada la charla, me adelanté a
pagar por el consumo, pero Madrigal dijo en tono altanero “yo pago la cuenta”.
El dueño del establecimiento no le hizo caso y procedió a extender un pequeño
vuelto; esto indignó a Madrigal y lleno de enfado le infirió una frase hiriente
al encargado del mostrador.
Cuando súbitamente, tres jóvenes que
habían estado junto a nosotros, haciendo igual consumo y que al parecer eran
indiferentes a nuestra charla, se acercaron en actitud resuelta y exhibiendo
sus placas que los identificaba como detectives, nos condujeron a la avenida
España. Eran como las nueve de la noche, luego de la correspondiente
identificación me invitaron a retirarme. Madrigal quedó detenido.
Por consiguiente, de los calabozos
policiales, fue trasladado al asqueroso Sexto, de donde a los pocos días se
escapó, dejando boquiabiertos a sus custodios.
Es entonces que, pasó algún tiempo y
encontrándome en la ciudad de Trujillo, se me ocurrió efectuar una visita
dominical al hospital y la cárcel, con el sano propósito de ser útil a alguien.
Obviamente, cuando el alcaide me dijo que
en las celdas se encontraba un hombre de quien nadie se acordaba. Inquirí por
su nombre y a secas mientras hojeaba una lista llena de arrugas, me repuso:
“José Ángel Madrigal, motivo robo de una iglesia en Piura y evasión del Sexto”.
Pedí permiso para verlo. Ratas, cucarachas, piojos, chinches y un olor
nauseabundo, constituían su mundo. Madrigal me reconoció, pero se apoderó de él
un complejo de vergüenza y humillación que le impidió dirigirme la palabra. Me
miraba, y su mirada revelaba la más nefasta tragedia a la que se puede llegar
como consecuencia de la desigualdad y la incomprensión que predomina en la
sociedad. Su cuerpo escuálido, cubierto a medias por sucios harapos, era la
exacta réplica del insigne personaje de Víctor Hugo en su inquisidora obra “Los
Miserables”. Vino a mi memoria, la sorpresiva experiencia que le cupo al
inmortal Miguel Ángel, mientras se afanaba en completar su obra que titulara
“Cristo y Judas”, en el que el mismo personaje le sirvió de modelo pasado un
tiempo, pues el pecado encubierto lo denigró en público, transformando
inclusive su propio rostro.
Es así que, Madrigal requería de
inmediata atención médica, que no se la prodigaban, porque nadie la gestionaba
y porque hasta el mismo Capellán que tenía a su cargo los servicios religiosos
en la cárcel lo trataban con menosprecio al tildarlo de comunista. A partir de
ese día cambió la situación de Madrigal.
Sin embargo, luego de varias visitas, me
despedí. Pasaron algo así como dos años cuando volvería saber de él. Mi hermano
Wilfredo, perteneciente a las Fuerzas Policiales, en el ramo de la Guardia Republicana ,
fue destacado al “Frontón”, donde lo encontró. Era tratado como elemento de
suma peligrosidad. Una lóbrega y fría noche, luego de haberse violentado con
las autoridades del penal, fue acribillado en una aislada celda. Se decretó su muerte física a causa de su
incorregible conducta, pero naturalmente con otra etiqueta: “Por tentativa de
evasión”.
Por lo tanto, cumpliendo su propia
recomendación, ahora lo incluyo en estas memorias, con el atenuante que José
Ángel Madrigal fue un incomprendido de la sociedad.
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