LOS BRUJOS EN ACECHO
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ué tragedia! Había comenzado “la tribulación de la carne” de un
momento a otro. Ella, dijo: “sentí fuertes dolores en todo el cuerpo”. Los
médicos que la observaban, dijeron que, únicamente requería de unos días de
reposo absoluto para que recobre las fuerzas que el excesivo trabajo le había
disminuido. Esto podía ser cierto y posible, ya que todas las horas del día y
hasta altas horas de la noche, mi madre en algo estaba ocupada; para hacernos
dormir nos contaba historias y cuentos, fruto de su despejada inteligencia y
activa imaginación.
¡Mi amada madre! Era joven, apenas tenía
veintiocho años de edad. Había nacido en Cajamarca. De su ascendencia casi
ningún familiar llegamos a conocer. Cuando hacía memoria de su padre, o sea de
mi abuelo Marcial Ramírez, algo muy grato se impregnaba en mí. Decía que era un
viejo valiente, que calzaba hojotas y cubría su cuerpo con poncho, una de cuyas
puntas acostumbraba lanzarla sobre su cuello. Se ocupaba de comandar una piara
de mulas llevando mercadería de la costa a la sierra, y trayendo de esos
lugares andinos, apetitosos jamones y sabrosos quesos mantecosos, así como
infinidad de cereales y hasta minerales. Entonces no había carreteras, sino
caminos de herradura.
Sin embargo, el malestar de mi madre
llegó a tornarse cada día más serio y los médicos desistieron continuar
atendiéndola. Una razón era que no encontraban ninguna dolencia y otra que
habían observado nuestros limitados recursos económicos.
Consecuentemente, de unos cuantos días de
reposo, que habían prescrito los médicos, se llegó a prolongar por varios
meses. Mi madre llegó a perder totalmente el apetito y cada día su estado
físico era más quebrantado y preocupante. Muchas vecinas se compadecían de ella
y hacían lo posible por consolarla. Algunas, por su propia cuenta, se
permitieron (sin que lo supiese mi padre) llevar el caso a personas entendidas
en el “mal de gentes”, las que afirmaban que era “daño”, pero ya estaba el caso
avanzado y que para curarla era necesario llevarla a distanciados parajes, pero
que su estado físico ya no lo permitía. Mi madre, al parecer, no daba crédito a
esto, y se ceñía a proseguir tomando los remedios de la botica.
La fatalidad había llegado, el tono de su
voz cada día disminuía, hasta que una tarde, antes que oscurezca el sol, la
señora que la atendía con amor abnegado, salió con la noticia de que mi madre
había muerto. Yo, tenía cuatro años de edad. Mi hermano mayor aún no había
llegado de la escuela y el que me seguía, jugaba distraído en un espacio de la
sala.
¡Una noche tenebrosa! ...
En la noche del velorio, una serie de
gatos peleaban en el techo; y, alguien nos hizo pasar a los tres huérfanos, por
debajo del ataúd, previa pintada de nuestras frentes con tizne de ollas.
¡Qué había pasado! Mi padre nos dijo, que
estaba seguro de que la mala fe de determinada persona, había llevado a la
tumba a mi madre. Esto coincidía con el veredicto de los curanderos, más no así
con el diagnóstico de los médicos, quienes se empecinaban en certificar “que no
tenía nada”.
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