martes, 17 de julio de 2018

UN EJEMPLO INOLVIDABLE


UN EJEMPLO INOLVIDABLE


N
ací en la hacienda Cartavio, por entonces propiedad de la W.R. Grace y Cía., el 07 de febrero del año 1922 y mi partida de nacimiento se registró en la municipalidad de Santiago de Cao, distrito cercano a Trujillo, departamento de La Libertad.

Por lo tanto, muy poco tengo que decir del hogar que me crié. A la muerte de mi madre, mis tíos Sifuentes – Huamanchumo, residentes en Puerto Chicama (Malabrigo) nos acogieron y nos prodigaron atención; entre tanto mi padre trabajaba como transportista. Posteriormente, regresamos a la ciudad de Trujillo y nos establecimos en otra residencia a cargo de una joven madrastra llamada Josefa Martínez Flores. Allí encontramos mucha simpatía, rigor y cuidado en nuestras traviesas vidas infantiles.

Por consiguiente, éramos tres hermanos. Yo ocupaba el segundo lugar. El tercero (Luis) murió en un accidente de trabajo en Pacasmayo, desde muy joven ocupó un destacado lugar en el fútbol, a su muerte su club le tributó honores en sus funerales. Vinieron otros hermanos de parte de padre: Lucio y Manuel, el hogar era de mucha estimación, pero de muchos ajetreos. Por entonces, mi padre, Roberto Rodríguez Huamanchumo que era natural de Huanchaco, tenía formada una pequeña empresa de transporte de carga; a uno de sus camiones le puso por nombre “Los tres hermanos”, en memoria de nosotros los tres huérfanos de madre.

Por otro lado, la levantada en armas del pueblo trujillano, en julio de 1932, hizo fuertes estragos en nuestra tambaleante estabilidad, así como en miles de otros hogares. Los camiones fueron embargados por ínfimas deudas. Vivíamos en constantes ajetreos e incertidumbre, de uno a otro lugar en procura de seguridad. El gobierno militar de Luis M. Sánchez Cerro enviaba legiones de soldados y flotillas de la marina en el afán ciego de desaparecer la ciudad de Trujillo. Es entonces que, los dirigentes gremiales y de organizaciones afines eran perseguidos y fusilados en acatamiento a la Ley Marcial. Por supuesto que eran los apristas los más odiados del gobierno. Aquí difiero en mucho de la interpretación que hace “Documental del Perú” al respecto, en su edición dedicada al departamento de La Libertad. A ellos les dirigí una carta exponiendo la verdad, basada en mi propia experiencia vivida en plena revolución.

Consecuentemente, hubo decisiva determinación gubernamental para develar de inmediato la insurrección trujillana y para ello, movilizó inclusive la escuadrilla de “hidros” mandada por el Comandante Manuel Cánepa Muñoz  e integrada por los oficiales Carlos Zegarra Lanfranco, Alejandro Valderrama Tudela, Víctor Montes Arias, José San Martín Froyoinet y Julio Ontaneda Menacho, quienes sobrevolaron la ciudad y bombardearon el cuartel O’Donovan, El Molino y la hacienda Laredo. Así también la escuadrilla que decoló de Las Palmas, comandada por Francisco de Salas Torres, César ÁlvarezGuerra, Manuel Escalante Pérez y Humberto Torres Mattos, cuyas potentes máquinas remecieron el cielo trujillano. El saldo martiriológico dejó seis mil muertos que Chan Chan los cobijó.

En consecuencia, en medio de tantos avatares, nos vimos obligados a salir de la ciudad y trasladarnos a las playas de Toquén, jurisdicción del distrito de Magdalena de Cao, donde pasamos varias temporadas ausentes de la tirante imperante. Posteriormente, arribamos a Chiclayo. De esta manera eludimos la persecución imperante que recaía en mi padre, quien figuraba en una hoja llamada “Lista Negra”, estructurada por la tiranía. Bien recuerdo, que el comportamiento de mi padre en medio de los turbulentos desaciertos del destino, nos contagiaba de buen ánimo para proseguir la lucha diaria, sin recriminaciones ni titubeos.

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