martes, 17 de julio de 2018

EL POETA HUANCHAQUERO


EL POETA HUANCHAQUERO

E
ra un hombre pulcro, veraz, meticuloso y muy estudioso, y para no omitir nada de lo que procuraba saber o conocer nunca le faltaba lápiz ni papel.  Nació el 12 de octubre de 1919 en la entonces “caleta” de Huanchaco cuando toda su población se dedicaba a la pesca. En su sangre llevaba la noble estirpe de los Huamanchumo, y una vez nutrido de todo lo que significa ese pedazo de playa cargado de caballitos de totora y de la mirada del Dean Saavedra, fue llevado por sus padres a la ciudad de Trujillo.
               
Cuando el niño Wilfredo frisaba los trece años de edad, se suscitó el levantamiento en armas del pueblo liberteño en contra de la política opresora del gobierno del general Luis M. Sánchez Carro. Los miles de obreros de las haciendas azucareras del Valle de Chicama hicieron cuerpo común y con sus herramientas de trabajo actuaron con violencia indómita en la toma del Cuartel “Ricardo O´Donovan”, y quien comandaba esa batalla campal fue el aguerrido dirigente sindical Manuel Barreto, alias “Búfalo”.  El triunfo , casi total, pero efímero, de los insurrectos, fue el día 7 de Julio de 1932. La población liberteña celebraba con efusivo fervor la ansiada victoria luego de cruenta lucha fraticida y que motivó la inmediata intervención de las Fuerzas Armadas del ejército, la marina y aviación con el propósito de aplastar esa fórmula pueblerina de hacerse justicia con sus propias manos y que costo la inmolación y asesinato de algo más de seis mil vida. Es de recordar que cuando hacían su paso por la alameda “Mansiche” llevados en camiones porta tropas a las fosas de las ruinas de Chan Chan, todos ellos lo hacían dando loas a Víctor Raúl y cantando la Marselleza Aprista. Los camiones retornaban vacíos para proseguir su  macabro trabajo día y noche. Los signados a muerte eran sacados a viva fuerza de sus casas, muchas veces por el solo prurito de encontrarles alguna clase de propaganda o literatura de contenido aprista.

Y el “poeta huanchaquero” que llevaba en su alma la fe que mueve montaña, y estando huérfano de madre, escapó con su padre Roberto Rodríguez Huamanchumo, su madrastra y sus dos hermanos menores y se detuvieron en las playas de Toquén, aledaño a la huaca “El Brujo” y Magdalena de Cao.

En la prosecución de sus estudios, en su escuela, era llamado “El poeta” porque componía en el acto toda clase de acrósticos. Cuando las circunstancias le fueron propicias apareció en la urbe lambayecana y debutaba como recitador en los concursos de barrio que promovían los empresarios del Cine Teatro “Dos de Mayo” de Chiclayo.

Con ocasión de uno de los tantos aniversarios del pueblo artesano de Monsefú, el “poeta huanchaquero” le dedicó una bien meditada poesía titulada “Monsefú, la Ciudad de las Flores” motivando reconocimiento edilicio y muy favorables comentarios de los dados a la literatura en esas tierras norteñas.

Cuando llegó a la edad de ciudadano hizo acto voluntario y se enroló al ejército, siendo llevado a la zona fronteriza del Ecuador conformando el Cuerpo Sanitario. En 1942 se produjo el conflicto armado entre ambo países. Hubieron muchos muertos y también muchos heridos, pero al fin se impuso el sosiego y el “poeta huanchaquero” demostró tener manos de buen ángel; pues todos sus pacientes recobraron su salud y simultáneamente esas mismas manos no dejaban de escribir poesías de hondo significado humano. Una vez dejado el uniforme militar optó en brindar sus servicios profesionales en el Hospital del Centro Minero de La Oroya. Pero cuando el frío de los Andes y el paso de los años empezaron a acosarle, determinó disfrutar del calor de la amazonía, y para vivir, y “no vivir para comer” y también avisoró que ante la bondad y severidad de los lazos familiares, se dijo que es bien sabido que un padre puede mantener diez hijos, pero diez hijos no pueden mantener un padre, y fue así que se aferró al timón de su oficio humanitario y no despegarse de la pluma para escribir más poesías. Teniendo en mucho el valor del tiempo determinó visitar a sus hijos Raúl, Reiner y Adela que ya echaban raíces en el Brasil, y allá una casa editora confeccionó su libro con el sugestivo nombre “Manojos de la Selva”.


Ya de regreso al Perú y estando en la ciudad de Pucallpa puso de manifiesto la pureza de su alma y desprendida generosidad al hacer entrega a la Biblioteca edilicia un aporte de algo más de cien kilos de peso en libros de contenido selecto.

Su hijo mayor de nombre Wilfredo Rodríguez Vásquez estudió y ocupó cargos jerárquicos en la Universidad La Cantuta, otro de los de su numerosa prole de nombre Milton ejerce muy responsablemente la administración de una obra misionera en la selva ucayalina.

En el ocaso, el “poeta huanchaquero” gustaba repetir:
“Es muy largo el camino que he andado, y muy grade la     historia que he vivido.
Si pusiera la mirada hacia el pasado, me cansaría de mirar el recorrido”.

En resumen, al partir, puesta su mirada en los caminos de la eternidad, es honesto decir que el “poeta huanchaquero” cumplió su misión peregrina “al escribir un libro, plantar muchos árboles y engendrar nueve hijos”, que infundidos del buen ejemplo paternal, aportan buen servicio en el área que ocupen, como dijera el escritor José Ingenieros.

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