EL
POETA HUANCHAQUERO
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ra un hombre pulcro, veraz, meticuloso y muy estudioso, y para
no omitir nada de lo que procuraba saber o conocer nunca le faltaba lápiz ni
papel. Nació el 12 de octubre de 1919 en
la entonces “caleta” de Huanchaco cuando toda su población se dedicaba a la
pesca. En su sangre llevaba la noble estirpe de los Huamanchumo, y una vez
nutrido de todo lo que significa ese pedazo de playa cargado de caballitos de
totora y de la mirada del Dean Saavedra, fue llevado por sus padres a la ciudad
de Trujillo.
Cuando el niño Wilfredo frisaba los trece
años de edad, se suscitó el levantamiento en armas del pueblo liberteño en
contra de la política opresora del gobierno del general Luis M. Sánchez Carro.
Los miles de obreros de las haciendas azucareras del Valle de Chicama hicieron
cuerpo común y con sus herramientas de trabajo actuaron con violencia indómita
en la toma del Cuartel “Ricardo O´Donovan”, y quien comandaba esa batalla
campal fue el aguerrido dirigente sindical Manuel Barreto, alias “Búfalo”. El triunfo , casi total, pero efímero, de los
insurrectos, fue el día 7 de Julio de 1932. La población liberteña celebraba
con efusivo fervor la ansiada victoria luego de cruenta lucha fraticida y que
motivó la inmediata intervención de las Fuerzas Armadas del ejército, la marina
y aviación con el propósito de aplastar esa fórmula pueblerina de hacerse
justicia con sus propias manos y que costo la inmolación y asesinato de algo
más de seis mil vida. Es de recordar que cuando hacían su paso por la
alameda “Mansiche” llevados en camiones porta tropas a las fosas de las ruinas
de Chan Chan, todos ellos lo hacían dando loas a Víctor Raúl y cantando la
Marselleza Aprista. Los camiones retornaban vacíos para proseguir su macabro trabajo día y noche. Los signados a
muerte eran sacados a viva fuerza de sus casas, muchas veces por el solo
prurito de encontrarles alguna clase de propaganda o literatura de contenido
aprista.
Y el “poeta huanchaquero” que llevaba en
su alma la fe que mueve montaña, y estando huérfano de madre, escapó con su
padre Roberto Rodríguez Huamanchumo, su madrastra y sus dos hermanos
menores y se detuvieron en las playas de Toquén, aledaño a la huaca “El Brujo”
y Magdalena de Cao.
En la prosecución de sus estudios, en su
escuela, era llamado “El poeta” porque componía en el acto toda clase de
acrósticos. Cuando las circunstancias le fueron propicias apareció en la urbe
lambayecana y debutaba como recitador en los concursos de barrio que promovían
los empresarios del Cine Teatro “Dos de Mayo” de Chiclayo.
Con ocasión de uno de los tantos
aniversarios del pueblo artesano de Monsefú, el “poeta huanchaquero” le dedicó
una bien meditada poesía titulada “Monsefú, la Ciudad de las Flores”
motivando reconocimiento edilicio y muy favorables comentarios de los dados a
la literatura en esas tierras norteñas.
Cuando llegó a la edad de ciudadano hizo
acto voluntario y se enroló al ejército, siendo llevado a la zona fronteriza
del Ecuador conformando el Cuerpo Sanitario. En 1942 se produjo el conflicto
armado entre ambo países. Hubieron muchos muertos y también muchos heridos,
pero al fin se impuso el sosiego y el “poeta huanchaquero” demostró tener manos
de buen ángel; pues todos sus pacientes recobraron su salud y simultáneamente
esas mismas manos no dejaban de escribir poesías de hondo significado humano.
Una vez dejado el uniforme militar optó en brindar sus servicios profesionales
en el Hospital del Centro Minero de La Oroya. Pero cuando el frío de los Andes
y el paso de los años empezaron a acosarle, determinó disfrutar del calor de la
amazonía, y para vivir, y “no vivir para comer” y también avisoró que ante la
bondad y severidad de los lazos familiares, se dijo que es bien sabido que un
padre puede mantener diez hijos, pero diez hijos no pueden mantener un padre, y
fue así que se aferró al timón de su oficio humanitario y no despegarse de la
pluma para escribir más poesías. Teniendo en mucho el valor del tiempo
determinó visitar a sus hijos Raúl, Reiner y Adela que ya echaban raíces en el
Brasil, y allá una casa editora confeccionó su libro con el sugestivo nombre “Manojos
de la Selva”.
Ya de regreso al Perú y estando en la
ciudad de Pucallpa puso de manifiesto la pureza de su alma y desprendida
generosidad al hacer entrega a la Biblioteca edilicia un aporte de algo más de
cien kilos de peso en libros de contenido selecto.
Su hijo mayor de nombre Wilfredo
Rodríguez Vásquez estudió y ocupó cargos jerárquicos en la Universidad La
Cantuta, otro de los de su numerosa prole de nombre Milton ejerce muy
responsablemente la administración de una obra misionera en la selva ucayalina.
En el ocaso, el “poeta huanchaquero”
gustaba repetir:
“Es muy largo el camino que he andado, y
muy grade la historia que he vivido.
Si pusiera la mirada hacia el pasado, me
cansaría de mirar el recorrido”.
En resumen, al partir, puesta su mirada en los caminos
de la eternidad, es honesto decir que el “poeta huanchaquero” cumplió su misión
peregrina “al escribir un libro, plantar muchos árboles y engendrar nueve
hijos”, que infundidos del buen ejemplo paternal, aportan buen servicio en
el área que ocupen, como dijera el escritor José Ingenieros.
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