LA ABUNDANCIA TRAE ESCASEZ
|
¡Q
|
ué agradable, qué delicia! Todos los días las ollas eran llenadas
con toda suerte de pescados, cangrejos, muymuyes, ancocos, pulpos, mocochos,
variadas conchitas y caracoles. Esto hacía que hasta por los poros emitiéramos
el olor del mar y sus derivados. Usando diferentes aparatos de pesca teníamos
alimento del mar no solo para comer nosotros si no también para obsequiar y
vender.
Es entonces que, aprendimos, con cierta
destreza, a usar varios modelos de redes, chinchorros, atarrayas (tarrafas),
espineles, arpones, mantas, etc. Varios caballitos de totora hechos por nosotros
mismos, con la diestra dirección paternal, permanecían en disposición atenta
para ser lanzados al mar y traer los alimentos.
Por lo cual, la Pesca la tomamos como un
arte y nos propusimos desterrar costumbres vetustas y estacionarias mediante
nuestra soberana concepción individual. Éramos totalmente libres, o por lo
menos así lo creíamos ser. El mar, tal cual son las mujeres, era muy voluble
con nosotros. Unas veces se presentaba como hordas antisociales y en otras como
una reconfortante sensación de placer.
En este caso, las inusitadas crecidas y
las violentas bajadas, así como las inestables mareas y descontroladas bravezas
impulsadas por las estaciones lunares eran conocidas por nosotros, pequeños en
tamaño pero llenos de obsesiva ambición para dominarlo todo, con juicio crítico
a despecho de nuestra orfandad física.
Sin embargo, unas veces el mar era
tranquilo y benévolo y de accesible musicalidad. Aguas cristalinas y limpias
como los sueños que acariciábamos. Otras veces el mar nos ponía cara fea, como
si detestara nuestra amistad y aun nuestra presencia en sus inconmensurables
linderos de las solitarias playas de Magdalena de Cao. Olas grandes, espumosas,
turbias y violentas caían como azotes ante nuestra atenta mirada, extendiendo
sus lenguas hasta muy cerca al rancho donde vivíamos. En su braveza hasta
cambiaba el curso de las desembocaduras de las acequias, arrojando palos,
piedras, basura y toda clase de
inmundicias de sus entrañas y destruía con su fiereza nuestros juegos,
construidos con palitos, montones de arena y esqueletos de aves guaneras.
En realidad, era como actos de soberbia y
tiranía que amenazaban nuestra pacifica y convencional estadía “veraniega”. Las
aguas del mar están sometidas a diversos movimientos; unos variables u ocasionales
y otros regulares o periódicos. Uno de ellos se relaciona con las mareas. En un
periodo de doce horas las aguas sufren ascensos y descensos de su nivel. La
máxima elevación corresponde a la pleamar, o marea alta y la mínima a la baja
mar o marea baja.
Cabe indicar que, estos cambios regulares
de nivel, obedecen a la luna. Aunque en menor escala a causa de su considerable
distancia, También el Sol influye en el proceso de las mareas.
En el mar la vida es más sabrosa,
En el mar todo es felicidad,
En
el mar todo es maravilloso,
En el mar te quiero mucho más.
El mar enseña a ser fuerte sin
menosprecio de una serena mansedumbre, pero enseña también a mirar lejos y
soñar. Sin amedrentarnos por su soberana manera de ser, de parte de la
naturaleza, persistíamos sin atenuantes para no darnos por vencidos aún
estándolo en apariencia. El tiempo pasaba cifrando en nuestras almas la
resignación de comer para vivir, porque el destino nos aguardaba otras tantas
batallas y no pocos cuarteles de adiestramiento, pruebas, luchas, tentaciones y
supuestas derrotas.
Por consiguiente, frente a este drama
singular y absurdo, nos reconfortaba el ideal de que nunca nadie de los
nuestros se enfermaba y que los alimentos excedían a nuestras cotidianas
necesidades, aunque siempre basado en elementos rudimentarios, siendo el
pescado “el plato fuerte”. En cambio el mar o la mar, cuyo artículo femenino y
masculino la gramática lo corrobora, cierta vez se enfermó de gravidez, o de
“quicha” como dicen en Loreto. Bruscamente arrojaba a las playas cientos de
toneladas de una especie llamada “pescadilla” a lo largo de varios kilómetros.
Este pescado de tamaño y similitud a la merluza, es de sabor insípido y se
concebía como potaje luego de su respectivo sazonado con abundante limón,
cebolla y ají.
Entretanto, los peces expulsados por las
olas, aparecían languideciendo por la carencia de oxígeno, luego que hacían su
arribo y expiraban con las bocas abiertas, formando rumas que jamás antes había
visto. Mi padre filosóficamente sentenció que “la abundancia trae escasez”. Y así fue, las aves de rapiña, los
carreteros y los perros de poblaciones cercanas dieron cuenta de los residuos
putrefactos de la enorme varada de peces. También aparecieron cóndores y
gallinazos de diferentes colores y tamaño. Luego de todo este apogeo, al correr
de los días ya no encontrábamos peces frescos por ningún lado, ni siquiera
mediante el arrojo de explosivos en las partes profundas.
Finalmente, acaeció lo que esperábamos,
el drama de la espeluznante encases de pescado y por ende la falta de
comida. Entonces mi padre, esta vez por
ética y no por estética, determina el traslado de la familia a Chiclayo. Dejamos
las playas de Magdalena de Cao y las colindantes de “Huaca Prieta” y los
entierros de las ruinas de “El Brujo” y llevamos consigo mismo, el recuerdo
imperecedero de varias temporadas vividas en esa expansión de arena, agua,
cielo y libertad.
Por otro lado, debemos recordar que: el 1º
de agosto de 1947 se promulgó el Decreto Supremo Nº 781 que declara el derecho
del Perú al ejercicio de su soberanía y jurisdicción sobre el zócalo
continental e insular, sobre el mar adyacente a nuestras costas hasta una
distancia de 200 millas ,
conformando una zona de control destinada a preservar, proteger y utilizar los
recursos y riquezas naturales de toda clase de especies que en cima o debajo de
dicho mar se encuentren. El mar es un tesoro de enseñanza y una mina de
fantasías para la mente joven.
No hay comentarios:
Publicar un comentario