sábado, 21 de julio de 2018

LA ABUNDANCIA TRAE ESCASEZ


LA ABUNDANCIA TRAE ESCASEZ


¡Q
ué agradable, qué delicia! Todos los días las ollas eran llenadas con toda suerte de pescados, cangrejos, muymuyes, ancocos, pulpos, mocochos, variadas conchitas y caracoles. Esto hacía que hasta por los poros emitiéramos el olor del mar y sus derivados. Usando diferentes aparatos de pesca teníamos alimento del mar no solo para comer nosotros si no también para obsequiar y vender.

Es entonces que, aprendimos, con cierta destreza, a usar varios modelos de redes, chinchorros, atarrayas (tarrafas), espineles, arpones, mantas, etc. Varios caballitos de totora hechos por nosotros mismos, con la diestra dirección paternal, permanecían en disposición atenta para ser lanzados al mar y traer los alimentos.

Por lo cual, la Pesca la tomamos como un arte y nos propusimos desterrar costumbres vetustas y estacionarias mediante nuestra soberana concepción individual. Éramos totalmente libres, o por lo menos así lo creíamos ser. El mar, tal cual son las mujeres, era muy voluble con nosotros. Unas veces se presentaba como hordas antisociales y en otras como una reconfortante sensación de placer.

En este caso, las inusitadas crecidas y las violentas bajadas, así como las inestables mareas y descontroladas bravezas impulsadas por las estaciones lunares eran conocidas por nosotros, pequeños en tamaño pero llenos de obsesiva ambición para dominarlo todo, con juicio crítico a despecho de nuestra orfandad física.

Sin embargo, unas veces el mar era tranquilo y benévolo y de accesible musicalidad. Aguas cristalinas y limpias como los sueños que acariciábamos. Otras veces el mar nos ponía cara fea, como si detestara nuestra amistad y aun nuestra presencia en sus inconmensurables linderos de las solitarias playas de Magdalena de Cao. Olas grandes, espumosas, turbias y violentas caían como azotes ante nuestra atenta mirada, extendiendo sus lenguas hasta muy cerca al rancho donde vivíamos. En su braveza hasta cambiaba el curso de las desembocaduras de las acequias, arrojando palos, piedras, basura y toda clase de  inmundicias de sus entrañas y destruía con su fiereza nuestros juegos, construidos con palitos, montones de arena y esqueletos de aves guaneras.

En realidad, era como actos de soberbia y tiranía que amenazaban nuestra pacifica y convencional estadía “veraniega”. Las aguas del mar están sometidas a diversos movimientos; unos variables u ocasionales y otros regulares o periódicos. Uno de ellos se relaciona con las mareas. En un periodo de doce horas las aguas sufren ascensos y descensos de su nivel. La máxima elevación corresponde a la pleamar, o marea alta y la mínima a la baja mar o marea baja.

Cabe indicar que, estos cambios regulares de nivel, obedecen a la luna. Aunque en menor escala a causa de su considerable distancia, También el Sol influye en el proceso de las mareas.
   
          En el mar la vida es más sabrosa,
                                    En el mar todo es felicidad,
                                  En el mar todo es maravilloso,
                                 En el mar te quiero mucho más.

El mar enseña a ser fuerte sin menosprecio de una serena mansedumbre, pero enseña también a mirar lejos y soñar. Sin amedrentarnos por su soberana manera de ser, de parte de la naturaleza, persistíamos sin atenuantes para no darnos por vencidos aún estándolo en apariencia. El tiempo pasaba cifrando en nuestras almas la resignación de comer para vivir, porque el destino nos aguardaba otras tantas batallas y no pocos cuarteles de adiestramiento, pruebas, luchas, tentaciones y supuestas derrotas.

Por consiguiente, frente a este drama singular y absurdo, nos reconfortaba el ideal de que nunca nadie de los nuestros se enfermaba y que los alimentos excedían a nuestras cotidianas necesidades, aunque siempre basado en elementos rudimentarios, siendo el pescado “el plato fuerte”. En cambio el mar o la mar, cuyo artículo femenino y masculino la gramática lo corrobora, cierta vez se enfermó de gravidez, o de “quicha” como dicen en Loreto. Bruscamente arrojaba a las playas cientos de toneladas de una especie llamada “pescadilla” a lo largo de varios kilómetros. Este pescado de tamaño y similitud a la merluza, es de sabor insípido y se concebía como potaje luego de su respectivo sazonado con abundante limón, cebolla y ají.

Entretanto, los peces expulsados por las olas, aparecían languideciendo por la carencia de oxígeno, luego que hacían su arribo y expiraban con las bocas abiertas, formando rumas que jamás antes había visto. Mi padre filosóficamente sentenció que “la abundancia trae escasez”.  Y así fue, las aves de rapiña, los carreteros y los perros de poblaciones cercanas dieron cuenta de los residuos putrefactos de la enorme varada de peces. También aparecieron cóndores y gallinazos de diferentes colores y tamaño. Luego de todo este apogeo, al correr de los días ya no encontrábamos peces frescos por ningún lado, ni siquiera mediante el arrojo de explosivos en las partes profundas.

Finalmente, acaeció lo que esperábamos, el drama de la espeluznante encases de pescado y por ende la falta de comida.  Entonces mi padre, esta vez por ética y no por estética, determina el traslado de la familia a Chiclayo. Dejamos las playas de Magdalena de Cao y las colindantes de “Huaca Prieta” y los entierros de las ruinas de “El Brujo” y llevamos consigo mismo, el recuerdo imperecedero de varias temporadas vividas en esa expansión de arena, agua, cielo y libertad.

Por otro lado, debemos recordar que: el 1º de agosto de 1947 se promulgó el Decreto Supremo Nº 781 que declara el derecho del Perú al ejercicio de su soberanía y jurisdicción sobre el zócalo continental e insular, sobre el mar adyacente a nuestras costas hasta una distancia de 200 millas, conformando una zona de control destinada a preservar, proteger y utilizar los recursos y riquezas naturales de toda clase de especies que en cima o debajo de dicho mar se encuentren. El mar es un tesoro de enseñanza y una mina de fantasías para la mente joven.

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