sábado, 21 de julio de 2018

LA CASA DE DRÁCULA


                                                               LA CASA DE DRÁCULA


¡N
oches de terror! Solo tenía doce abriles, pero tenía el deseo de ayudar en algo a sufragar los gastos en casa, propuse a mi padre que me permitiera ocupar una vacante que anunciaba un letrero y que decía: “Se necesita un muchacho para todo servicio. Se paga buen sueldo”.

Sin embargo, mi padre indagó que clase de familia era, accedió personalmente, a concertar tal empleo. El trabajo era “con cama adentro” y al comienzo todo era color de rosa. Limpieza general de la casa que constaba de seis habitaciones con piso de madera, corralón y un callejón que colindaba con otra calle. Asimismo había que llevar y traer cuatro vacas al pastizal y por supuesto acumular leña para el calentamiento de un horno que de vez en cuando era encendido para la preparación de “caprichitos” de la dueña de casa.

Por cierto, el dueño era nada menos que un caduco hacendado que todo el tiempo vestía con terno blanco, polainas y casco, aunque nunca montaba caballo. Era poseedor de un apellido rimbombante en aquellos días y en Chiclayo era único. Respondía a “Chopitea”.

No obstante, durante más de una semana, las cosas transcurrieron con toda normalidad, luego empezó a suceder algo raro. Tenía asignado para mi dormitorio una de la media docena de habitaciones y por las noches, escuchaba pasos como de chivo alrededor de mi cama.

Indudablemente, al comienzo lo consideré como pesadilla, con la idea de que las comidas de la noche excedían a mi normal digestión, aunque para decir verdad todo allí era racionado. Sin embargo, creí que a lo mejor era uno de los animales de los vecinos, que penetraba en busca del pasto que almacenaba para las vacas. Cuando constaté que nada de ello era cierto, el asunto lo puse en conocimiento del dueño de casa. Él dijo, que por ser casa antigua, a lo mejor encerraba “algo raro”.

Esto sucedía en cuanto se apagaban las luces, hacía su “aparición” el “invisible bicho”. Las monótonas pisadas sobre el piso de madera del inconfundible chivo nocturno, me llegaron a preocupar sobremanera. Lo que sucedía era estremecedora, semejante a lo que ocurría en los “Cuentos Andinos” de Enrique López Albujar, pero hablando en oro, lo que sucedía no era cuento, sino una irrefutable y comprobada realidad.

Entonces, empecé a interesarme en el uso del calendario y lo miraba cada día con vehemente ganas de suspirar en espera de que se acabaran cuanto antes mis ya prolongadas vacaciones de estudiante primario. A mi padre le di a saber lo que me sucedía y mirándome fijamente como queriendo infundirme valor, agregó con firmeza: “Hay que tener cuidado con los vivos y no tener miedo a los muertos”. Pero la cosa no era solamente para tener miedo, sino para llenarse de terror y salir en procura de auxilio desesperadamente cuando el “maldito chivo” hacía su aparición misteriosa a la sombra de la noche y desaparecía cuando los gallos anunciaban el arribo de la luz de un nuevo día.

En seguida, a la postrimería de mis vacaciones, la dueña de casa ordenó que confeccionara un letrero para colocarlo en la puerta, solicitando un mayordomo, una lavandera y una cocinera; a lo que añadí de mi parte “y un muchacho para todo servicio”. Sin esperar nada ni a nadie me despedí con el corazón henchido de alegría. Finalmente ya en mi casa de Chiclayo, me curaron del susto mediante sobadas con yerbas pestilentes y sorbos de brebajes insípidos y amargos. De esta manera quede libre del “mal de aire”, aunque el recuerdo de lo sucedido -un reflejo condicionado- me acompaña hasta la fecha y con el ímpetu de darlo a conocer a todo el mundo y por supuesto sin desear que a nadie le suceda igual. (1936)

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