LA CASA DE DRÁCULA
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¡N
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oches de terror! Solo tenía doce abriles, pero tenía el deseo de
ayudar en algo a sufragar los gastos en casa, propuse a mi padre que me
permitiera ocupar una vacante que anunciaba un letrero y que decía: “Se
necesita un muchacho para todo servicio. Se paga buen sueldo”.
Sin embargo, mi padre indagó que clase de
familia era, accedió personalmente, a concertar tal empleo. El trabajo era “con
cama adentro” y al comienzo todo era color de rosa. Limpieza general de la casa
que constaba de seis habitaciones con piso de madera, corralón y un callejón
que colindaba con otra calle. Asimismo había que llevar y traer cuatro vacas al
pastizal y por supuesto acumular leña para el calentamiento de un horno que de
vez en cuando era encendido para la preparación de “caprichitos” de la dueña de
casa.
Por cierto, el dueño era nada menos que
un caduco hacendado que todo el tiempo vestía con terno blanco, polainas y
casco, aunque nunca montaba caballo. Era poseedor de un apellido rimbombante
en aquellos días y en Chiclayo era único. Respondía a “Chopitea”.
No obstante, durante más de una semana,
las cosas transcurrieron con toda normalidad, luego empezó a suceder algo
raro. Tenía asignado para mi dormitorio una de la media docena de
habitaciones y por las noches, escuchaba pasos como de chivo alrededor de mi
cama.
Indudablemente, al comienzo lo consideré
como pesadilla, con la idea de que las comidas de la noche excedían a mi normal
digestión, aunque para decir verdad todo allí era racionado. Sin embargo, creí
que a lo mejor era uno de los animales de los vecinos, que penetraba en busca
del pasto que almacenaba para las vacas. Cuando constaté que nada de ello era
cierto, el asunto lo puse en conocimiento del dueño de casa. Él dijo, que por
ser casa antigua, a lo mejor encerraba “algo raro”.
Esto sucedía en cuanto se apagaban las
luces, hacía su “aparición” el “invisible bicho”. Las monótonas pisadas sobre
el piso de madera del inconfundible chivo nocturno, me llegaron a preocupar
sobremanera. Lo que sucedía era estremecedora, semejante a lo que ocurría en
los “Cuentos Andinos” de Enrique López Albujar, pero hablando en oro, lo que
sucedía no era cuento, sino una irrefutable y comprobada realidad.
Entonces, empecé a interesarme en el uso
del calendario y lo miraba cada día con vehemente ganas de suspirar en espera
de que se acabaran cuanto antes mis ya prolongadas vacaciones de estudiante
primario. A mi padre le di a saber lo que me sucedía y mirándome fijamente como
queriendo infundirme valor, agregó con firmeza: “Hay que tener cuidado con los
vivos y no tener miedo a los muertos”. Pero la cosa no era solamente para tener miedo, sino para
llenarse de terror y salir en procura de auxilio desesperadamente cuando el
“maldito chivo” hacía su aparición misteriosa a la sombra de la noche y
desaparecía cuando los gallos anunciaban el arribo de la luz de un nuevo día.
En seguida, a la postrimería de mis
vacaciones, la dueña de casa ordenó que confeccionara un letrero para colocarlo
en la puerta, solicitando un mayordomo, una lavandera y una cocinera; a lo que
añadí de mi parte “y un muchacho para todo servicio”. Sin esperar nada ni a
nadie me despedí con el corazón henchido de alegría. Finalmente ya en mi casa
de Chiclayo, me curaron del susto mediante sobadas con yerbas pestilentes y
sorbos de brebajes insípidos y amargos. De esta manera quede libre del “mal
de aire”, aunque el recuerdo de lo sucedido -un reflejo condicionado- me
acompaña hasta la fecha y con el ímpetu de darlo a conocer a todo el mundo y
por supuesto sin desear que a nadie le suceda igual. (1936)
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