sábado, 21 de julio de 2018

LA PRIMERA PIEDRA


LA PRIMERA PIEDRA DEL CUARTEL DE ZARUMILLA


O
bviamente, apenas terminaba los años primarios de estudios ya era un maestro y ya experimentaba inquietud de gastar dinero, pero que fuera adquirido de forma legal y por mis propios medios. Las propinas que recibía de mi padre eran restringidas y apenas me alcanzaba para las golosinas. Las vacaciones de fin de año, me hacían pensar aun más en este dilatado problema.

Es entonces que, cuando escuché de un cierto “contratista” que tenía propuesto llevar personal a la frontera con el Ecuador para los trabajos de construcción de un edificio para un cuartel, de parte del gobierno. Esto se presentó como un nuevo y ansiado camino y ejerció sobre mi persona, una atracción casi irresistible.

Por lo tanto, me inscribí como “maestro” albañil y recibí unas cuantas monedas en señal de pacto, dejando en prenda una bolsa que contenía herramientas. Me despedí de mis principales amigos del barrio, no sin antes haberles invitado a la “serial” del cine “Dos de Mayo” en Chiclayo. Terminando de esta manera todo el capital de adelanto de mi “contrato”.

Pero no solo eso, hice tres días de viaje en camión y comiendo todo lo que encontrábamos en el camino, fue la primera experiencia que gané ausentándome de casa. Éramos una veintena de “especialistas” que nos dirigíamos a trabajar. Yo era el más joven. Las herramientas eran las que mi padre había tenido guardadas en un rincón de la casa. Partimos de Chiclayo en horas de la noche y llegamos también en horas de la noche a Zarumilla, para al día siguiente. Luego de un suculento desayuno, cada cual fue a ocupar sus respectivos puestos. A mí me designaron dos ayudantes del lugar, que para decir verdad resultaron ser mis maestros; pues de albañilería apenas tenía mínimas nociones. Todo iba bien. Mis ayudantes se percataron de mi ingeniosa conducta, pero yo me comportaba como “maestro” y por su puesto que no me resultaba difícil controlar la situación, aunque para ello, de mis manos emanaban gotas de sangre por efecto del cemento.

¡Era indefectiblemente un muchacho! Felizmente, muy pronto me gané la simpatía de mis compañeros de trabajo, quienes me facilitaban detalles para capear el temporal. La verdad era que este oficio no se impregnaba en mi ambición de ser “alguien”, pero fue así que empecé a forjarme a golpes del yunque universal, algo distante del hogar. Entretanto, un domingo,  luego de haber incursionado en territorio ecuatoriano, para efectuar compras de rutina y más por gula que por hambre se me ocurrió darme una trancada con chupe de camarones y unas cuantas manos de plátanos. Por entonces los camarones y los plátanos en estos lugares había en abundancia. Sin embargo, cuan grande fue mi sorpresa cuando me sobrevino cólico, intoxicación, incontenibles dolores de estomago y al parecer la misma muerte se me venía encima. Ya no había esperanzas de sobrevivir. Mis colegas de trabajo percibían a su entender que llegó mi fin. Mi cuerpo era un laboratorio de experimentos empíricos. Se ignoraba el paradero del médico y la botica no estaba de turno.

“Alguien”, ¿Era un enviado de Dios?, cuando me encontraba en trance de delirio impartiendo informes de mis familiares, se me acercó mascando tabaco y lo aplicó como emplasto a mi ombligo, añadió aguardiente y sal. Eso fue un remedio del cielo, casi sin sentido, tal como unir barro y saliva para dar vista a los ciegos, según rezan las Escrituras. Al poco rato me levanté totalmente sano y con ganas de nunca querer saber nada de los camarones.

 Por consiguiente, el periodo del contrato, llegaba a su término, por lo que solicité al contratista me liquidara por los tres meses de trabajo como “maestro” albañil. Los encargados de la obra mostraron conformidad por la producción de trabajo y el avance tenía paralelo con el de los demás maestros. En esto no defraudé ni me comporté como obrero doloso.

En consecuencia, el sobre de pago fue voluminoso, que añadiendo al cuantioso ahorro que sigilosamente guardaba entre mis ropas de trabajo, me dio amplia satisfacción de poder gastar a lo grande con el fruto de mi esfuerzo personal, pero no lo hice, pensando en mis obligaciones para con mis hermanos menores. Por entonces, mi padre ya había formado otro hogar y de inmediato la familia se hizo más numerosa. Eran los Rodríguez Estévez, cuyos nombres me permito enumerar porque todos ellos se condujeron con suma fidelidad para conmigo: Matilde, Marcelo, Margarita, Humberto, Roberto, María, Luis, Elena, Jorge y Rosa Elvira.

 De manera que, regresé a casa sano y salvo, no sin antes haber hecho escala por breves horas en Zorritos, Máncora, El Alto, Talara, Negritos, Sullana, y Piura respectivamente y de allí a Chiclayo de donde había partido de incógnito.

Sin embargo, al recorrer la bahía de Paita me pareció un lago inmenso y no propiamente el mar, y esto por la tranquilidad de sus aguas. Los bañistas penetraban algo más de un kilómetro, pero su población era triste y sus plazuelas daban aspectos de duelo.

Por ende; Talara me impresionó más, pero no me gustó su hermetismo, la rigidez  y la segregación imperante. Los gringos vivían en un sector totalmente aislado de los peruanos, como temiendo contagiarse de alguna plaga. Ellos tenían su propio mercado, proveedurías, clubes, colegios y jardines para sus hijos. Un cerco con muros pintados de blanco daba la señal de la prohibición absoluta de ingreso de los peruanos a esos sectores. A la entrada de esa ciudad petrolera, en una especie de garita, varios hombres uniformados le preguntaban hasta su quinta generación al que llegaba de visita.

Por su puesto, la entrada de talara era condicional, solamente por determinadas horas y exactas. Nunca antes en ninguna parte encontré tantos letreros con la palabra “prohibido el pase”. Ya me retiraba de esa zona petrolera llevando las ganas de conocer algo más de mi patria, cuando distinguí a un potente carro de la I.P.C. (International Petroleum Company) que trasladaba de la localidad a una familia entera y la dejaba en el cruce de la Carretera Panamericana para que siguiera el camino que más le conviniera. Pregunté por el motivo de ese lanzamiento y el jefe de la familia humillada, con el rostro pálido de ira, vergüenza y deseo de venganza, me dijo que todo se debió a un reclamo de carácter laboral. En ese instante el obrero no pensaba ni como niño ni como hombre, sino como una descomunal máquina capaz de arrasarlo todo, pero que no lo hacía por carecer de “palanca”, tal como se lamentaba Arquímedes.

Por desgracia, esa dura realidad, me puso en alerta y confirmó en mí el ineludible propósito de prepararme en forma suficiente para no ser un eslabón más de la confusa masa humana. Cuando al fin llegue a casa, todos los allí presentes rompieron en llanto. Al comienzo creí que no había causado buena impresión mi cara de hijo prodigo, pero luego me di cuenta, que las lágrimas de mis familiares eran de alegría y gozo por mi reencuentro con mis seres queridos en el hogar.

¡Qué felicidad estar con la familia! En dos costalillos traía toda suerte de menudas compras hechas en los mercados de los varios lugares que me sirvieron de escala. También traía conmigo un nutrido bagaje de experiencias muy difíciles de volverlas a vivir. (1938).

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