LA PRIMERA PIEDRA DEL CUARTEL DE ZARUMILLA
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bviamente, apenas terminaba los años primarios de estudios ya
era un maestro y ya experimentaba inquietud de gastar dinero, pero que fuera
adquirido de forma legal y por mis propios medios. Las propinas que recibía de
mi padre eran restringidas y apenas me alcanzaba para las golosinas. Las
vacaciones de fin de año, me hacían pensar aun más en este dilatado problema.
Es entonces que, cuando escuché de un
cierto “contratista” que tenía propuesto llevar personal a la frontera con el
Ecuador para los trabajos de construcción de un edificio para un cuartel, de
parte del gobierno. Esto se presentó como un nuevo y ansiado camino y ejerció
sobre mi persona, una atracción casi irresistible.
Por lo tanto, me inscribí como “maestro”
albañil y recibí unas cuantas monedas en señal de pacto, dejando en prenda una
bolsa que contenía herramientas. Me despedí de mis principales amigos del
barrio, no sin antes haberles invitado a la “serial” del cine “Dos de Mayo” en
Chiclayo. Terminando de esta manera todo el capital de adelanto de mi
“contrato”.
Pero no solo eso, hice tres días de viaje
en camión y comiendo todo lo que encontrábamos en el camino, fue la primera
experiencia que gané ausentándome de casa. Éramos una veintena de
“especialistas” que nos dirigíamos a trabajar. Yo era el más joven. Las
herramientas eran las que mi padre había tenido guardadas en un rincón de la
casa. Partimos de Chiclayo en horas de la noche y llegamos también en horas de
la noche a Zarumilla, para al día siguiente. Luego de un suculento desayuno,
cada cual fue a ocupar sus respectivos puestos. A mí me designaron dos
ayudantes del lugar, que para decir verdad resultaron ser mis maestros;
pues de albañilería apenas tenía mínimas nociones. Todo iba bien. Mis ayudantes
se percataron de mi ingeniosa conducta, pero yo me comportaba como “maestro” y
por su puesto que no me resultaba difícil controlar la situación, aunque para
ello, de mis manos emanaban gotas de sangre por efecto del cemento.
¡Era indefectiblemente un muchacho!
Felizmente, muy pronto me gané la simpatía de mis compañeros de trabajo,
quienes me facilitaban detalles para capear el temporal. La verdad era que este
oficio no se impregnaba en mi ambición de ser “alguien”, pero fue así que
empecé a forjarme a golpes del yunque universal, algo distante del hogar.
Entretanto, un domingo, luego de haber
incursionado en territorio ecuatoriano, para efectuar compras de rutina y más
por gula que por hambre se me ocurrió darme una trancada con chupe de
camarones y unas cuantas manos de plátanos. Por entonces los camarones y
los plátanos en estos lugares había en abundancia. Sin embargo, cuan grande fue
mi sorpresa cuando me sobrevino cólico, intoxicación, incontenibles dolores de
estomago y al parecer la misma muerte se me venía encima. Ya no había
esperanzas de sobrevivir. Mis colegas de trabajo percibían a su entender que
llegó mi fin. Mi cuerpo era un laboratorio de experimentos empíricos. Se
ignoraba el paradero del médico y la botica no estaba de turno.
“Alguien”, ¿Era un enviado de Dios?,
cuando me encontraba en trance de delirio impartiendo informes de mis
familiares, se me acercó mascando tabaco y lo aplicó como emplasto a mi
ombligo, añadió aguardiente y sal. Eso fue un remedio del cielo, casi sin
sentido, tal como unir barro y saliva para dar vista a los ciegos, según rezan
las Escrituras. Al poco rato me levanté totalmente sano y con ganas de nunca
querer saber nada de los camarones.
Por consiguiente, el periodo del contrato,
llegaba a su término, por lo que solicité al contratista me liquidara por los
tres meses de trabajo como “maestro” albañil. Los encargados de la obra mostraron
conformidad por la producción de trabajo y el avance tenía paralelo con el de
los demás maestros. En esto no defraudé ni me comporté como obrero doloso.
En consecuencia, el sobre de pago fue
voluminoso, que añadiendo al cuantioso ahorro que sigilosamente guardaba entre
mis ropas de trabajo, me dio amplia satisfacción de poder gastar a lo grande
con el fruto de mi esfuerzo personal, pero no lo hice, pensando en mis
obligaciones para con mis hermanos menores. Por entonces, mi padre ya había
formado otro hogar y de inmediato la familia se hizo más numerosa. Eran los
Rodríguez Estévez, cuyos nombres me permito enumerar porque todos ellos se
condujeron con suma fidelidad para conmigo: Matilde, Marcelo, Margarita,
Humberto, Roberto, María, Luis, Elena, Jorge y Rosa Elvira.
De
manera que, regresé a casa sano y salvo, no sin antes haber hecho escala por
breves horas en Zorritos, Máncora, El Alto, Talara, Negritos, Sullana, y Piura
respectivamente y de allí a Chiclayo de donde había partido de incógnito.
Sin embargo, al recorrer la bahía de
Paita me pareció un lago inmenso y no propiamente el mar, y esto por la
tranquilidad de sus aguas. Los bañistas penetraban algo más de un kilómetro,
pero su población era triste y sus plazuelas daban aspectos de duelo.
Por ende; Talara me impresionó más, pero
no me gustó su hermetismo, la rigidez y
la segregación imperante. Los gringos vivían en un sector totalmente aislado de
los peruanos, como temiendo contagiarse de alguna plaga. Ellos tenían su propio
mercado, proveedurías, clubes, colegios y jardines para sus hijos. Un cerco con
muros pintados de blanco daba la señal de la prohibición absoluta de ingreso de
los peruanos a esos sectores. A la entrada de esa ciudad petrolera, en una
especie de garita, varios hombres uniformados le preguntaban hasta su quinta
generación al que llegaba de visita.
Por su puesto, la entrada de talara era
condicional, solamente por determinadas horas y exactas. Nunca antes en ninguna
parte encontré tantos letreros con la palabra “prohibido el pase”. Ya me
retiraba de esa zona petrolera llevando las ganas de conocer algo más de mi
patria, cuando distinguí a un potente carro de la I.P .C. (International
Petroleum Company) que trasladaba de la localidad a una familia entera y la
dejaba en el cruce de la Carretera Panamericana para que siguiera el
camino que más le conviniera. Pregunté por el motivo de ese lanzamiento y el
jefe de la familia humillada, con el rostro pálido de ira, vergüenza y deseo de
venganza, me dijo que todo se debió a un reclamo de carácter laboral. En ese
instante el obrero no pensaba ni como niño ni como hombre, sino como una
descomunal máquina capaz de arrasarlo todo, pero que no lo hacía por carecer de
“palanca”, tal como se lamentaba Arquímedes.
Por desgracia, esa dura realidad, me puso
en alerta y confirmó en mí el ineludible propósito de prepararme en forma
suficiente para no ser un eslabón más de la confusa masa humana. Cuando al fin
llegue a casa, todos los allí presentes rompieron en llanto. Al comienzo creí
que no había causado buena impresión mi cara de hijo prodigo, pero luego me di
cuenta, que las lágrimas de mis familiares eran de alegría y gozo por mi
reencuentro con mis seres queridos en el hogar.
¡Qué felicidad estar con la familia! En
dos costalillos traía toda suerte de menudas compras hechas en los mercados de
los varios lugares que me sirvieron de escala. También traía conmigo un nutrido
bagaje de experiencias muy difíciles de volverlas a vivir. (1938).
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